Invierno de 2000
Aquella fría mañana del duro invierno alemán ingresé al Departamento de Estudios Filosóficos, allí me encontré un cartelito que anunciaba la ponencia. Movido por la curiosidad me dirigí de inmediato al salón principal. El morbo era tanto que me olvidé de mis actividades, mis pasiones convergían: el siempre complejo idioma español y la filosofía alemana.
Fue hace diez años desde aquél encuentro en la Universidad de Leipzig. Lo recuerdo bien, se ganó mi admiración tras escuchar la elocuencia en su participación, y mejor aún, la visión que tenía sobre el trabajo del sublime Friedrich; de cómo su ideal había llegado hasta esas tierras. Sencillamente amoldó el pensamiento del filósofo alemán a las características de la sociedad mexicana.
No hice más que escucharlo, pero al final muchas dudas quedaron en mi ser. Me abrí espacio entre tantos académicos que buscaban debatir sus ideas, sin embargo mi intención era tener un mayor acercamiento hacia esa cultura tan vasta y milenaria como la mexicana y comprender cómo es que el trabajo de Nietzsche puede explicar a una sociedad tan compleja como esa.
Al ver la intención de sus interlocutores, el maestro mexicano optó por no entrar en discusiones y trato de evadir las preguntas con el uso de la complacencia. –Ja, ja- respondía. No miraba a los doctores, quienes pecan en la arrogancia de la lectura, pero olvidan que no todo son libros en esta vida, se tiene que vivir allí para comprender las circunstancias.
Quise hablar con él, pero opté por salir y esperarlo en la puerta del Instituto. No tardo mucho, y el idilio intelectual comenzó.
-Disculpe.- Le dije. –Quiero agradecer la explicación que ha dado el día. Mi nombre es Wilhelm, soy profesor de literatura latinoamericana. En verdad que ha sido muy grato escuchar esas palabras.
-No hay por qué. Mi nombre es César, César Juárez. Y soy catedrático de filosofía por la Universidad de San Luis Potosí.
-Es un placer.
-Es un honor conocerle, Wilhelm…
-Von Reichenbach.
-Y también es un honor que se me haya invitado. Creo necesario hablar de este pensador, aunque en realidad los ideales de los maestros de la sospecha se encuentran arraigados en el pensamiento en todas las sociedades occidentales, pero en el marco del centenario de la muerte de Nietzsche decidí enfocarme sólo a él.
La charla proseguía y el tiempo para dar mi clase llegaba. Le invité para que asistiera y sin problema alguno, César accedió. Para honrar a mi invitado, decidí modificar el calendario y hablé sobre un autor potosino: Manuel José Othón. Aquella clase fue una de las mejores que pude ofrecer, ¿qué mejor complemento podía tener para hablar sobre este autor modernista? La contextualización histórica ofrecida por él nos llevó a todos al México del siglo XIX, todos esos paisajes los imaginábamos como algo increíble. Después fue mi turno para explicar algunas de las obras más notables de Othón, aunque al final, la clase fue impartida por ambos. El tiempo resultó muy corto y los alumnos deseaban conocer más, sin duda era una clase que jamás se repetiría.
Salimos de la clase. César tenía que partir al día siguiente hacia México así que sólo tuvimos tiempo para beber una cerveza. Poco pudimos charlar, pues la acción de empacar siempre es tardada, además que era necesario que descansara. La última vez que lo vi en Alemania sería cuando lo acompañé a su hotel y le dejé en su habitación. No intercambiamos datos.
Verano de 2006
La rutina de mi vida seguía siendo la misma: Las clases, mis lecturas, mis anotaciones, las conferencias y las estancias vacacionales en Berlín. En una de esas estancias, en el verano de 2006, la tranquilidad de mi apartamento fue irrumpida por el sonido del teléfono. Era la secretaria del Departamento de Estudios Latinoamericanos y me anunciaba una invitación realizada por la Universidad de San Luis Potosí para presentar una ponencia sobre centenario de la muerte de Manuel José Othón para el mes de noviembre.
No dudé en pensar que César tenía algo que ver en esto, tal vez fue un gesto de agradecimiento por aquella clase, o por mi insistencia en conocer ese horizonte tan cotidiano. Pero me inquietaba cómo es que tan sólo unas horas de convivencia le bastaron para recordarme a través del tiempo y del espacio, para invitarme a una celebración de esa talla. Había que preparar algo digno para esa ocasión.
Noviembre de 2006.
César acudió por mí al aeropuerto de San Luis Potosí. Nos subimos a un taxi para dirigirnos al hotel, el cual tenía ser fama de uno de los más lujosos del estado. Al mirarlo, me negué a ingresar, pues comprendía que era solo una apariencia; yo quería estar en un lugar más apegado a la “realidad”, aunque era una forma de esconder mi comportamiento de turista. Al no tener una opción que me permitiera mi capricho, tuve que hospedarme una noche hasta hallar algo que satisficiera voluntad.
El primer día lo pasamos buscando lugares que llenarán mi vacío existencial. Con periódico en mano, César y yo salimos a buscar lugares. Recorrimos todo el centro de la ciudad hasta hallar algo ideal. Mientras caminábamos, casualmente por la calle que lleva el nombre del poeta a quien honraríamos, miré en el número 335 un águila bicéfala. Llamó mi atención porque ese signo heráldico es muy común en mi ciudad natal, Bavaria. Pero seguí mi camino.
Por fin, en la calle de Zaragoza encontré el lugar ideal, pero tendría que esperar hasta la mañana siguiente para cambiarme de lugar y así usar el hotel que ya se había pagado.
César llegó puntual al salón del hotel para ayudarme con mi equipaje. El lugar que me hospedaría no estaba tan lejos de allí, así que caminamos. Dejé mis cosas y salimos a recorrer el lugar, ya no había presión, así que esta salida sería más lúdica.
Al final del día y como buen alemán, le pedí a César que me llevara a beber una cerveza. Para mi sorpresa, a dos calles de mi casa, se hallaba un local que vendía cerveza. Era un edificio antiguo de principios del siglo XX, muy escondido a la vista pero reconocido por los jóvenes estudiantes locales. Para acceder tuvimos que subir por unas escaleras estrechas. El lugar era muy nostálgico, decorado con objetos de los años 20, se podían ver desde fotos del paisaje potosino hasta lámparas de minero. Todo estaba decorado por ese tipo de objetos que le daban un carácter sobrio. Acompañados por música alternativa, bebimos litros de cerveza divagando en la existencia de un alemán atrapado por la rutina y de un mexicano que debió ser alemán.
La noche nos alcanzó al calor de las heladas cervezas, la música ya no sonaba; todo mundo nos rodeaba, todos escuchaban con atención nuestras experiencias en el campo del conocimiento, nadie hablaba, nadie quería meterse en una charla dialéctica… nadie sabía que nuestros vacíos se llenaron de libros, que forjamos nuestras vidas en obras de otros y que nosotros sólo parafraseábamos a los autores mezclándolos con nuestras ideas que eran derivadas de nuestras historias de vida. Así, yo hablaba de Hegel, Fichte, Kant y Schiller; César me complementaba con Vasconcelos, Nervo, Juárez y otros más que no recuerdo. Al final, nos corrieron del lugar por lo tarde que era.
Eran las dos de la mañana. Era muy temprano y los dos seguíamos con ese ímpetu por seguir charlando, por seguir bebiendo, por seguir compartiendo. Aquella madrugada César me invitó a su casa para continuar con nuestra charla, pero jamás continuó por el mismo curso.
Llegamos a un pequeño apartamento, era el tercer piso. La decoración de su hogar me parecía sombría, lúgubre; era demasiado oscura. Me sentó en una mesa en la cual estaban apilados muchos libros. El desorden era tal, pero ello no me incomodó en lo absoluto. César sacó una botella de tequila y unos habanos. No me importaba amanecer pues mi reloj biológico aun seguía bajo las manecillas de Alemania, pero me preocupaba que el maestro se viese afectado en sus actividades. Todo parecía listo para nuestro diálogo trascendental.
-¿En verdad no hay problema? ¿No despertaré a nadie?- Inquirí.
-No hay por qué preocuparse. No hay nadie más aquí.
-¿En verdad?
-Nunca tuve familia.
-No quisiera meterme, pero ¿por qué?
-A veces las relaciones humanas son más complejas que no pueden ser estudiadas y comprendidas por ninguna de las ciencias que el hombre ha construido. Ni la ciencia, ni la religión o la filosofía pueden comprenderlo, sólo diversifica más la amplia gama de complicaciones de nuestra sociedad y nuestra existencia.
En realidad no logré comprender la esencia de la respuesta debido a que la formulé en un sentido más familiar que academicista. Por un momento me sentí torpe por no comprender en primera instancia la respuesta.
-Sé que el ser humano es complejo, ¿pero no es a través del diálogo como se logra la comprensión y el equilibrio en las relaciones? –Respondí.
-Me sorprende que apeles a la filosofía griega, particularmente a Platón… aunque haces bien en hacer un retroceso en el pensamiento, pero sigues aun lejos.- Me respondió de forma arrogante.
-¿Más lejos? Quizá tendría que remontarme hasta el pueblo de Judea.
-¿Dónde se inicia todo esto?
-En la historia de Gilgamesh.
-¿En qué se diferencia la humanidad entre los mesopotámicos y nuestra sociedad?
Sólo le miré a los ojos, pues comprendía que buscaba una respuesta en particular, pero no la vislumbraba en el horizonte de mi razón. El maestro bebió de su vaso, encendió un cigarro y su mirada era profunda, desesperanzado por no poder dilucidar la respuesta a su pregunta.
-Es la relación con el mundo, piénsalo. Somos parte de un sistema, pero al ser partes, reflejamos a ese todo multiversal. Si una parte falla, echará a perder a todo el sistema…
-¿Multiversal, maestro?
-Así es.
Si bien, los autores hacen énfasis a la teoría sistémica en todos los campos, pero mi ceguera debida a esa combinación de cerveza y tequila hizo que se mermara toda mi comprensión. ¿Cómo podía estar unido el concepto de multiverso, propio de la física espacial en aspectos sociales y culturales? Era más el sentido de la transmodernidad o de la hipermodernidad, pero ambos conceptos no se acercaban demasiado a la apreciación del concepto de multiverso.
-Nuestra misión como profesores es crear gente con una postura ética, pero la ética en sí se ha modificado. Recuerda a Nietzsche, “No hay naturaleza, sino construcciones”. Nosotros, como humanidad, hemos construido un modelo, lo concebimos como un sistema, y éste a su vez alteró varios conceptos, no sólo económicos, políticos o sociales; sino también axiológicos y hasta ontológicos.
-Sin duda, maestro. –Guardé silencio, pues mi cultura era diferente a la suya y no comprendía cómo es que esta idea había detonado en el pensamiento de aquél hombre. Las brechas entre Alemania y México eran inauditas.
-La diferencia, amigo bávaro. -Contestó en tono sarcástico. –Radica en que las civilizaciones de la antigüedad deificaron a la naturaleza y la veneraban. Tras el ocaso de los ídolos, nos convertimos en superhombres.
-¡Pero el concepto del Übermensch de Nietzsche ha sido mal comprendido!
-Se convirtió en la legitimación del poder, pero esto no es nuevo, fue desde que la humanidad se entregó a los placeres de la nueva Babilonia: Roma, la primera sociedad posmoderna.
Admito que la incredulidad me ganó y no quise contradecir lo que él manifestaba. Era notorio que algo en su vida ocurrió para hacer esas aseveraciones, algunas debatibles; por momentos pensé que se trataba del alcohol que hacía efecto en su lucidez. Había llegado el momento de finalizar la charla, pero una duda me asaltó.
-Maestro, ¿cree usted que estamos en una debacle?
-Sí. –Respondió de forma tajante mientras bebía de su pequeño vaso.
-¿Y cómo podemos solucionar estos problemas?
-Tan simple es… sólo es cuestión de vernos como humanos y no como mercancías y números, de reflexionar en nuestros actos, de ayudarnos. De sincronizarnos de nuevo con nuestro sistema multiversal: materia, energía, tiempo, espacio, antimateria, materia oscura; buscar que nuestros actos sean justos y perfectos. –Enfatizó.
La profundidad de su respuesta me conmovió, pues iba más allá de las palabras mismas. Mi ingenuidad cultural me llevó a comprender más su pensar.
-Pero los gobiernos están para eso, para ayudar. Por ejemplo, en Alemania…
-¡No es lo mismo! –Interrumpió de forma abrupta. –Culturalmente es distinto.
-¿Entonces cómo lo haría usted? –Le pregunté de forma molesta.
-Cálmese, güero. No hay necesidad de que se enfade. –Respondió con una sonrisa.
El maestro se levantó para ir al sanitario, y le esperé con vehemencia. Quería conocer cómo haría que la sociedad pudiese conectarse con todo el multiverso. César regresó, tomó asiento y encendió un cigarro.
Aquella fría mañana del duro invierno alemán ingresé al Departamento de Estudios Filosóficos, allí me encontré un cartelito que anunciaba la ponencia. Movido por la curiosidad me dirigí de inmediato al salón principal. El morbo era tanto que me olvidé de mis actividades, mis pasiones convergían: el siempre complejo idioma español y la filosofía alemana.
Fue hace diez años desde aquél encuentro en la Universidad de Leipzig. Lo recuerdo bien, se ganó mi admiración tras escuchar la elocuencia en su participación, y mejor aún, la visión que tenía sobre el trabajo del sublime Friedrich; de cómo su ideal había llegado hasta esas tierras. Sencillamente amoldó el pensamiento del filósofo alemán a las características de la sociedad mexicana.
No hice más que escucharlo, pero al final muchas dudas quedaron en mi ser. Me abrí espacio entre tantos académicos que buscaban debatir sus ideas, sin embargo mi intención era tener un mayor acercamiento hacia esa cultura tan vasta y milenaria como la mexicana y comprender cómo es que el trabajo de Nietzsche puede explicar a una sociedad tan compleja como esa.
Al ver la intención de sus interlocutores, el maestro mexicano optó por no entrar en discusiones y trato de evadir las preguntas con el uso de la complacencia. –Ja, ja- respondía. No miraba a los doctores, quienes pecan en la arrogancia de la lectura, pero olvidan que no todo son libros en esta vida, se tiene que vivir allí para comprender las circunstancias.
Quise hablar con él, pero opté por salir y esperarlo en la puerta del Instituto. No tardo mucho, y el idilio intelectual comenzó.
-Disculpe.- Le dije. –Quiero agradecer la explicación que ha dado el día. Mi nombre es Wilhelm, soy profesor de literatura latinoamericana. En verdad que ha sido muy grato escuchar esas palabras.
-No hay por qué. Mi nombre es César, César Juárez. Y soy catedrático de filosofía por la Universidad de San Luis Potosí.
-Es un placer.
-Es un honor conocerle, Wilhelm…
-Von Reichenbach.
-Y también es un honor que se me haya invitado. Creo necesario hablar de este pensador, aunque en realidad los ideales de los maestros de la sospecha se encuentran arraigados en el pensamiento en todas las sociedades occidentales, pero en el marco del centenario de la muerte de Nietzsche decidí enfocarme sólo a él.
La charla proseguía y el tiempo para dar mi clase llegaba. Le invité para que asistiera y sin problema alguno, César accedió. Para honrar a mi invitado, decidí modificar el calendario y hablé sobre un autor potosino: Manuel José Othón. Aquella clase fue una de las mejores que pude ofrecer, ¿qué mejor complemento podía tener para hablar sobre este autor modernista? La contextualización histórica ofrecida por él nos llevó a todos al México del siglo XIX, todos esos paisajes los imaginábamos como algo increíble. Después fue mi turno para explicar algunas de las obras más notables de Othón, aunque al final, la clase fue impartida por ambos. El tiempo resultó muy corto y los alumnos deseaban conocer más, sin duda era una clase que jamás se repetiría.
Salimos de la clase. César tenía que partir al día siguiente hacia México así que sólo tuvimos tiempo para beber una cerveza. Poco pudimos charlar, pues la acción de empacar siempre es tardada, además que era necesario que descansara. La última vez que lo vi en Alemania sería cuando lo acompañé a su hotel y le dejé en su habitación. No intercambiamos datos.
Verano de 2006
La rutina de mi vida seguía siendo la misma: Las clases, mis lecturas, mis anotaciones, las conferencias y las estancias vacacionales en Berlín. En una de esas estancias, en el verano de 2006, la tranquilidad de mi apartamento fue irrumpida por el sonido del teléfono. Era la secretaria del Departamento de Estudios Latinoamericanos y me anunciaba una invitación realizada por la Universidad de San Luis Potosí para presentar una ponencia sobre centenario de la muerte de Manuel José Othón para el mes de noviembre.
No dudé en pensar que César tenía algo que ver en esto, tal vez fue un gesto de agradecimiento por aquella clase, o por mi insistencia en conocer ese horizonte tan cotidiano. Pero me inquietaba cómo es que tan sólo unas horas de convivencia le bastaron para recordarme a través del tiempo y del espacio, para invitarme a una celebración de esa talla. Había que preparar algo digno para esa ocasión.
Noviembre de 2006.
César acudió por mí al aeropuerto de San Luis Potosí. Nos subimos a un taxi para dirigirnos al hotel, el cual tenía ser fama de uno de los más lujosos del estado. Al mirarlo, me negué a ingresar, pues comprendía que era solo una apariencia; yo quería estar en un lugar más apegado a la “realidad”, aunque era una forma de esconder mi comportamiento de turista. Al no tener una opción que me permitiera mi capricho, tuve que hospedarme una noche hasta hallar algo que satisficiera voluntad.
El primer día lo pasamos buscando lugares que llenarán mi vacío existencial. Con periódico en mano, César y yo salimos a buscar lugares. Recorrimos todo el centro de la ciudad hasta hallar algo ideal. Mientras caminábamos, casualmente por la calle que lleva el nombre del poeta a quien honraríamos, miré en el número 335 un águila bicéfala. Llamó mi atención porque ese signo heráldico es muy común en mi ciudad natal, Bavaria. Pero seguí mi camino.
Por fin, en la calle de Zaragoza encontré el lugar ideal, pero tendría que esperar hasta la mañana siguiente para cambiarme de lugar y así usar el hotel que ya se había pagado.
César llegó puntual al salón del hotel para ayudarme con mi equipaje. El lugar que me hospedaría no estaba tan lejos de allí, así que caminamos. Dejé mis cosas y salimos a recorrer el lugar, ya no había presión, así que esta salida sería más lúdica.
Al final del día y como buen alemán, le pedí a César que me llevara a beber una cerveza. Para mi sorpresa, a dos calles de mi casa, se hallaba un local que vendía cerveza. Era un edificio antiguo de principios del siglo XX, muy escondido a la vista pero reconocido por los jóvenes estudiantes locales. Para acceder tuvimos que subir por unas escaleras estrechas. El lugar era muy nostálgico, decorado con objetos de los años 20, se podían ver desde fotos del paisaje potosino hasta lámparas de minero. Todo estaba decorado por ese tipo de objetos que le daban un carácter sobrio. Acompañados por música alternativa, bebimos litros de cerveza divagando en la existencia de un alemán atrapado por la rutina y de un mexicano que debió ser alemán.
La noche nos alcanzó al calor de las heladas cervezas, la música ya no sonaba; todo mundo nos rodeaba, todos escuchaban con atención nuestras experiencias en el campo del conocimiento, nadie hablaba, nadie quería meterse en una charla dialéctica… nadie sabía que nuestros vacíos se llenaron de libros, que forjamos nuestras vidas en obras de otros y que nosotros sólo parafraseábamos a los autores mezclándolos con nuestras ideas que eran derivadas de nuestras historias de vida. Así, yo hablaba de Hegel, Fichte, Kant y Schiller; César me complementaba con Vasconcelos, Nervo, Juárez y otros más que no recuerdo. Al final, nos corrieron del lugar por lo tarde que era.
Eran las dos de la mañana. Era muy temprano y los dos seguíamos con ese ímpetu por seguir charlando, por seguir bebiendo, por seguir compartiendo. Aquella madrugada César me invitó a su casa para continuar con nuestra charla, pero jamás continuó por el mismo curso.
Llegamos a un pequeño apartamento, era el tercer piso. La decoración de su hogar me parecía sombría, lúgubre; era demasiado oscura. Me sentó en una mesa en la cual estaban apilados muchos libros. El desorden era tal, pero ello no me incomodó en lo absoluto. César sacó una botella de tequila y unos habanos. No me importaba amanecer pues mi reloj biológico aun seguía bajo las manecillas de Alemania, pero me preocupaba que el maestro se viese afectado en sus actividades. Todo parecía listo para nuestro diálogo trascendental.
-¿En verdad no hay problema? ¿No despertaré a nadie?- Inquirí.
-No hay por qué preocuparse. No hay nadie más aquí.
-¿En verdad?
-Nunca tuve familia.
-No quisiera meterme, pero ¿por qué?
-A veces las relaciones humanas son más complejas que no pueden ser estudiadas y comprendidas por ninguna de las ciencias que el hombre ha construido. Ni la ciencia, ni la religión o la filosofía pueden comprenderlo, sólo diversifica más la amplia gama de complicaciones de nuestra sociedad y nuestra existencia.
En realidad no logré comprender la esencia de la respuesta debido a que la formulé en un sentido más familiar que academicista. Por un momento me sentí torpe por no comprender en primera instancia la respuesta.
-Sé que el ser humano es complejo, ¿pero no es a través del diálogo como se logra la comprensión y el equilibrio en las relaciones? –Respondí.
-Me sorprende que apeles a la filosofía griega, particularmente a Platón… aunque haces bien en hacer un retroceso en el pensamiento, pero sigues aun lejos.- Me respondió de forma arrogante.
-¿Más lejos? Quizá tendría que remontarme hasta el pueblo de Judea.
-¿Dónde se inicia todo esto?
-En la historia de Gilgamesh.
-¿En qué se diferencia la humanidad entre los mesopotámicos y nuestra sociedad?
Sólo le miré a los ojos, pues comprendía que buscaba una respuesta en particular, pero no la vislumbraba en el horizonte de mi razón. El maestro bebió de su vaso, encendió un cigarro y su mirada era profunda, desesperanzado por no poder dilucidar la respuesta a su pregunta.
-Es la relación con el mundo, piénsalo. Somos parte de un sistema, pero al ser partes, reflejamos a ese todo multiversal. Si una parte falla, echará a perder a todo el sistema…
-¿Multiversal, maestro?
-Así es.
Si bien, los autores hacen énfasis a la teoría sistémica en todos los campos, pero mi ceguera debida a esa combinación de cerveza y tequila hizo que se mermara toda mi comprensión. ¿Cómo podía estar unido el concepto de multiverso, propio de la física espacial en aspectos sociales y culturales? Era más el sentido de la transmodernidad o de la hipermodernidad, pero ambos conceptos no se acercaban demasiado a la apreciación del concepto de multiverso.
-Nuestra misión como profesores es crear gente con una postura ética, pero la ética en sí se ha modificado. Recuerda a Nietzsche, “No hay naturaleza, sino construcciones”. Nosotros, como humanidad, hemos construido un modelo, lo concebimos como un sistema, y éste a su vez alteró varios conceptos, no sólo económicos, políticos o sociales; sino también axiológicos y hasta ontológicos.
-Sin duda, maestro. –Guardé silencio, pues mi cultura era diferente a la suya y no comprendía cómo es que esta idea había detonado en el pensamiento de aquél hombre. Las brechas entre Alemania y México eran inauditas.
-La diferencia, amigo bávaro. -Contestó en tono sarcástico. –Radica en que las civilizaciones de la antigüedad deificaron a la naturaleza y la veneraban. Tras el ocaso de los ídolos, nos convertimos en superhombres.
-¡Pero el concepto del Übermensch de Nietzsche ha sido mal comprendido!
-Se convirtió en la legitimación del poder, pero esto no es nuevo, fue desde que la humanidad se entregó a los placeres de la nueva Babilonia: Roma, la primera sociedad posmoderna.
Admito que la incredulidad me ganó y no quise contradecir lo que él manifestaba. Era notorio que algo en su vida ocurrió para hacer esas aseveraciones, algunas debatibles; por momentos pensé que se trataba del alcohol que hacía efecto en su lucidez. Había llegado el momento de finalizar la charla, pero una duda me asaltó.
-Maestro, ¿cree usted que estamos en una debacle?
-Sí. –Respondió de forma tajante mientras bebía de su pequeño vaso.
-¿Y cómo podemos solucionar estos problemas?
-Tan simple es… sólo es cuestión de vernos como humanos y no como mercancías y números, de reflexionar en nuestros actos, de ayudarnos. De sincronizarnos de nuevo con nuestro sistema multiversal: materia, energía, tiempo, espacio, antimateria, materia oscura; buscar que nuestros actos sean justos y perfectos. –Enfatizó.
La profundidad de su respuesta me conmovió, pues iba más allá de las palabras mismas. Mi ingenuidad cultural me llevó a comprender más su pensar.
-Pero los gobiernos están para eso, para ayudar. Por ejemplo, en Alemania…
-¡No es lo mismo! –Interrumpió de forma abrupta. –Culturalmente es distinto.
-¿Entonces cómo lo haría usted? –Le pregunté de forma molesta.
-Cálmese, güero. No hay necesidad de que se enfade. –Respondió con una sonrisa.
El maestro se levantó para ir al sanitario, y le esperé con vehemencia. Quería conocer cómo haría que la sociedad pudiese conectarse con todo el multiverso. César regresó, tomó asiento y encendió un cigarro.