viernes, 25 de junio de 2010

Dictadores y profetas. (Parte I)

Invierno de 2000

Aquella fría mañana del duro invierno alemán ingresé al Departamento de Estudios Filosóficos, allí me encontré un cartelito que anunciaba la ponencia. Movido por la curiosidad me dirigí de inmediato al salón principal. El morbo era tanto que me olvidé de mis actividades, mis pasiones convergían: el siempre complejo idioma español y la filosofía alemana.

Fue hace diez años desde aquél encuentro en la Universidad de Leipzig. Lo recuerdo bien, se ganó mi admiración tras escuchar la elocuencia en su participación, y mejor aún, la visión que tenía sobre el trabajo del sublime Friedrich; de cómo su ideal había llegado hasta esas tierras. Sencillamente amoldó el pensamiento del filósofo alemán a las características de la sociedad mexicana.

No hice más que escucharlo, pero al final muchas dudas quedaron en mi ser. Me abrí espacio entre tantos académicos que buscaban debatir sus ideas, sin embargo mi intención era tener un mayor acercamiento hacia esa cultura tan vasta y milenaria como la mexicana y comprender cómo es que el trabajo de Nietzsche puede explicar a una sociedad tan compleja como esa.

Al ver la intención de sus interlocutores, el maestro mexicano optó por no entrar en discusiones y trato de evadir las preguntas con el uso de la complacencia. –Ja, ja- respondía. No miraba a los doctores, quienes pecan en la arrogancia de la lectura, pero olvidan que no todo son libros en esta vida, se tiene que vivir allí para comprender las circunstancias.

Quise hablar con él, pero opté por salir y esperarlo en la puerta del Instituto. No tardo mucho, y el idilio intelectual comenzó.

-Disculpe.- Le dije. –Quiero agradecer la explicación que ha dado el día. Mi nombre es Wilhelm, soy profesor de literatura latinoamericana. En verdad que ha sido muy grato escuchar esas palabras.

-No hay por qué. Mi nombre es César, César Juárez. Y soy catedrático de filosofía por la Universidad de San Luis Potosí.

-Es un placer.

-Es un honor conocerle, Wilhelm…

-Von Reichenbach.

-Y también es un honor que se me haya invitado. Creo necesario hablar de este pensador, aunque en realidad los ideales de los maestros de la sospecha se encuentran arraigados en el pensamiento en todas las sociedades occidentales, pero en el marco del centenario de la muerte de Nietzsche decidí enfocarme sólo a él.

La charla proseguía y el tiempo para dar mi clase llegaba. Le invité para que asistiera y sin problema alguno, César accedió. Para honrar a mi invitado, decidí modificar el calendario y hablé sobre un autor potosino: Manuel José Othón. Aquella clase fue una de las mejores que pude ofrecer, ¿qué mejor complemento podía tener para hablar sobre este autor modernista? La contextualización histórica ofrecida por él nos llevó a todos al México del siglo XIX, todos esos paisajes los imaginábamos como algo increíble. Después fue mi turno para explicar algunas de las obras más notables de Othón, aunque al final, la clase fue impartida por ambos. El tiempo resultó muy corto y los alumnos deseaban conocer más, sin duda era una clase que jamás se repetiría.

Salimos de la clase. César tenía que partir al día siguiente hacia México así que sólo tuvimos tiempo para beber una cerveza. Poco pudimos charlar, pues la acción de empacar siempre es tardada, además que era necesario que descansara. La última vez que lo vi en Alemania sería cuando lo acompañé a su hotel y le dejé en su habitación. No intercambiamos datos.

Verano de 2006

La rutina de mi vida seguía siendo la misma: Las clases, mis lecturas, mis anotaciones, las conferencias y las estancias vacacionales en Berlín. En una de esas estancias, en el verano de 2006, la tranquilidad de mi apartamento fue irrumpida por el sonido del teléfono. Era la secretaria del Departamento de Estudios Latinoamericanos y me anunciaba una invitación realizada por la Universidad de San Luis Potosí para presentar una ponencia sobre centenario de la muerte de Manuel José Othón para el mes de noviembre.

No dudé en pensar que César tenía algo que ver en esto, tal vez fue un gesto de agradecimiento por aquella clase, o por mi insistencia en conocer ese horizonte tan cotidiano. Pero me inquietaba cómo es que tan sólo unas horas de convivencia le bastaron para recordarme a través del tiempo y del espacio, para invitarme a una celebración de esa talla. Había que preparar algo digno para esa ocasión.

Noviembre de 2006.

César acudió por mí al aeropuerto de San Luis Potosí. Nos subimos a un taxi para dirigirnos al hotel, el cual tenía ser fama de uno de los más lujosos del estado. Al mirarlo, me negué a ingresar, pues comprendía que era solo una apariencia; yo quería estar en un lugar más apegado a la “realidad”, aunque era una forma de esconder mi comportamiento de turista. Al no tener una opción que me permitiera mi capricho, tuve que hospedarme una noche hasta hallar algo que satisficiera voluntad.

El primer día lo pasamos buscando lugares que llenarán mi vacío existencial. Con periódico en mano, César y yo salimos a buscar lugares. Recorrimos todo el centro de la ciudad hasta hallar algo ideal. Mientras caminábamos, casualmente por la calle que lleva el nombre del poeta a quien honraríamos, miré en el número 335 un águila bicéfala. Llamó mi atención porque ese signo heráldico es muy común en mi ciudad natal, Bavaria. Pero seguí mi camino.

Por fin, en la calle de Zaragoza encontré el lugar ideal, pero tendría que esperar hasta la mañana siguiente para cambiarme de lugar y así usar el hotel que ya se había pagado.

César llegó puntual al salón del hotel para ayudarme con mi equipaje. El lugar que me hospedaría no estaba tan lejos de allí, así que caminamos. Dejé mis cosas y salimos a recorrer el lugar, ya no había presión, así que esta salida sería más lúdica.

Al final del día y como buen alemán, le pedí a César que me llevara a beber una cerveza. Para mi sorpresa, a dos calles de mi casa, se hallaba un local que vendía cerveza. Era un edificio antiguo de principios del siglo XX, muy escondido a la vista pero reconocido por los jóvenes estudiantes locales. Para acceder tuvimos que subir por unas escaleras estrechas. El lugar era muy nostálgico, decorado con objetos de los años 20, se podían ver desde fotos del paisaje potosino hasta lámparas de minero. Todo estaba decorado por ese tipo de objetos que le daban un carácter sobrio. Acompañados por música alternativa, bebimos litros de cerveza divagando en la existencia de un alemán atrapado por la rutina y de un mexicano que debió ser alemán.

La noche nos alcanzó al calor de las heladas cervezas, la música ya no sonaba; todo mundo nos rodeaba, todos escuchaban con atención nuestras experiencias en el campo del conocimiento, nadie hablaba, nadie quería meterse en una charla dialéctica… nadie sabía que nuestros vacíos se llenaron de libros, que forjamos nuestras vidas en obras de otros y que nosotros sólo parafraseábamos a los autores mezclándolos con nuestras ideas que eran derivadas de nuestras historias de vida. Así, yo hablaba de Hegel, Fichte, Kant y Schiller; César me complementaba con Vasconcelos, Nervo, Juárez y otros más que no recuerdo. Al final, nos corrieron del lugar por lo tarde que era.

Eran las dos de la mañana. Era muy temprano y los dos seguíamos con ese ímpetu por seguir charlando, por seguir bebiendo, por seguir compartiendo. Aquella madrugada César me invitó a su casa para continuar con nuestra charla, pero jamás continuó por el mismo curso.

Llegamos a un pequeño apartamento, era el tercer piso. La decoración de su hogar me parecía sombría, lúgubre; era demasiado oscura. Me sentó en una mesa en la cual estaban apilados muchos libros. El desorden era tal, pero ello no me incomodó en lo absoluto. César sacó una botella de tequila y unos habanos. No me importaba amanecer pues mi reloj biológico aun seguía bajo las manecillas de Alemania, pero me preocupaba que el maestro se viese afectado en sus actividades. Todo parecía listo para nuestro diálogo trascendental.

-¿En verdad no hay problema? ¿No despertaré a nadie?- Inquirí.

-No hay por qué preocuparse. No hay nadie más aquí.

-¿En verdad?

-Nunca tuve familia.

-No quisiera meterme, pero ¿por qué?

-A veces las relaciones humanas son más complejas que no pueden ser estudiadas y comprendidas por ninguna de las ciencias que el hombre ha construido. Ni la ciencia, ni la religión o la filosofía pueden comprenderlo, sólo diversifica más la amplia gama de complicaciones de nuestra sociedad y nuestra existencia.
En realidad no logré comprender la esencia de la respuesta debido a que la formulé en un sentido más familiar que academicista. Por un momento me sentí torpe por no comprender en primera instancia la respuesta.

-Sé que el ser humano es complejo, ¿pero no es a través del diálogo como se logra la comprensión y el equilibrio en las relaciones? –Respondí.

-Me sorprende que apeles a la filosofía griega, particularmente a Platón… aunque haces bien en hacer un retroceso en el pensamiento, pero sigues aun lejos.- Me respondió de forma arrogante.

-¿Más lejos? Quizá tendría que remontarme hasta el pueblo de Judea.

-¿Dónde se inicia todo esto?

-En la historia de Gilgamesh.

-¿En qué se diferencia la humanidad entre los mesopotámicos y nuestra sociedad?
Sólo le miré a los ojos, pues comprendía que buscaba una respuesta en particular, pero no la vislumbraba en el horizonte de mi razón. El maestro bebió de su vaso, encendió un cigarro y su mirada era profunda, desesperanzado por no poder dilucidar la respuesta a su pregunta.

-Es la relación con el mundo, piénsalo. Somos parte de un sistema, pero al ser partes, reflejamos a ese todo multiversal. Si una parte falla, echará a perder a todo el sistema…

-¿Multiversal, maestro?

-Así es.

Si bien, los autores hacen énfasis a la teoría sistémica en todos los campos, pero mi ceguera debida a esa combinación de cerveza y tequila hizo que se mermara toda mi comprensión. ¿Cómo podía estar unido el concepto de multiverso, propio de la física espacial en aspectos sociales y culturales? Era más el sentido de la transmodernidad o de la hipermodernidad, pero ambos conceptos no se acercaban demasiado a la apreciación del concepto de multiverso.

-Nuestra misión como profesores es crear gente con una postura ética, pero la ética en sí se ha modificado. Recuerda a Nietzsche, “No hay naturaleza, sino construcciones”. Nosotros, como humanidad, hemos construido un modelo, lo concebimos como un sistema, y éste a su vez alteró varios conceptos, no sólo económicos, políticos o sociales; sino también axiológicos y hasta ontológicos.

-Sin duda, maestro. –Guardé silencio, pues mi cultura era diferente a la suya y no comprendía cómo es que esta idea había detonado en el pensamiento de aquél hombre. Las brechas entre Alemania y México eran inauditas.

-La diferencia, amigo bávaro. -Contestó en tono sarcástico. –Radica en que las civilizaciones de la antigüedad deificaron a la naturaleza y la veneraban. Tras el ocaso de los ídolos, nos convertimos en superhombres.

-¡Pero el concepto del Übermensch de Nietzsche ha sido mal comprendido!

-Se convirtió en la legitimación del poder, pero esto no es nuevo, fue desde que la humanidad se entregó a los placeres de la nueva Babilonia: Roma, la primera sociedad posmoderna.

Admito que la incredulidad me ganó y no quise contradecir lo que él manifestaba. Era notorio que algo en su vida ocurrió para hacer esas aseveraciones, algunas debatibles; por momentos pensé que se trataba del alcohol que hacía efecto en su lucidez. Había llegado el momento de finalizar la charla, pero una duda me asaltó.

-Maestro, ¿cree usted que estamos en una debacle?

-Sí. –Respondió de forma tajante mientras bebía de su pequeño vaso.

-¿Y cómo podemos solucionar estos problemas?

-Tan simple es… sólo es cuestión de vernos como humanos y no como mercancías y números, de reflexionar en nuestros actos, de ayudarnos. De sincronizarnos de nuevo con nuestro sistema multiversal: materia, energía, tiempo, espacio, antimateria, materia oscura; buscar que nuestros actos sean justos y perfectos. –Enfatizó.

La profundidad de su respuesta me conmovió, pues iba más allá de las palabras mismas. Mi ingenuidad cultural me llevó a comprender más su pensar.

-Pero los gobiernos están para eso, para ayudar. Por ejemplo, en Alemania…

-¡No es lo mismo! –Interrumpió de forma abrupta. –Culturalmente es distinto.

-¿Entonces cómo lo haría usted? –Le pregunté de forma molesta.

-Cálmese, güero. No hay necesidad de que se enfade. –Respondió con una sonrisa.

El maestro se levantó para ir al sanitario, y le esperé con vehemencia. Quería conocer cómo haría que la sociedad pudiese conectarse con todo el multiverso. César regresó, tomó asiento y encendió un cigarro.

Dictadores y profetas. Parte II

-Es muy fácil, teutón. Sólo tenemos que ayudarnos. Lo aprendí tarde, pensé que el conocimiento me llevaría a la felicidad… la verdad os hará libres; y para llegar a la verdad se requiere conocer, pero el conocimiento os lleva a la infelicidad. Al menos Sócrates sabía que no sabía, pero nosotros ni siquiera eso sabemos. La gente se preocupa por cosas materiales como el dinero, pero se olvidan de otras trascendentales. ¿Acaso no entienden que si nos aferramos a lo material jamás podrán trascender? Esa es la enseñanza de Egipto que ha quedado en su vasto legado, pero hace tiempo que dejamos de comprendernos y vivimos en un galimatías.

Así pues, el maestro me explicó cómo enfocó su vida hacia el conocimiento, que su meta era inalcanzable y no pudo componer sus relaciones sentimentales, llegado a la crisis, optó por darle un giro a su vida y buscar la causa que le diera su sentido.

De Oriente nos llegó la luz que dio pauta a la historia de cómo se reencontró en-el-mundo. Se levantó a mirar el alba por su ventana y con una reverencia recibió al Sol.

-Allá. –Señalaba al astro rey. -Hay un municipio llamado Tanlajás. Es un municipio muy pobre que pertenece a la huasteca potosina. Un amigo médico, que fue presidente municipal, me invitó a un evento cultural. Allí fue cuando conocí a Juanita.

El profesor Juárez se detuvo un momento mientras miraba hacía el jardín Juan Sarabia, como si estuviese viviendo su propio recuerdo. Yo sospechaba que su historia se desviaría a un aspecto patético propio del latino.

-Su esposo se fue a Estados Unidos. Sólo estaba ella con su pequeño hijo Cristóbal. Con el poco dinero que recibía, se hizo de un pequeño puesto de comida huasteca en la carretera que va a Ciudad Valles. El niño estaba destinado a una vida sin un futuro. Todo fue contrastante; los invitados estábamos en medio de la suntuosidad y no muy lejos de allí la pobreza era notoria, evidente. Fue allí donde reflexioné que tenía que hacer algo: ayudar a los niños de esa comunidad

-¿Y cómo lo hizo, profesor?

- Doné por muchos años parte de mi sueldo para esa comunidad, disfrazada como un apoyo del gobierno municipal. En realidad sólo ellos hacían llegar el dinero de forma integra, nunca pusieron nada.

-Entiendo.

-Por mis actividades, perdí el rastro de Juanita y de Cristóbal, pero aun sigo apoyando a la comunidad. Me enteré tiempo después que Juanita había muerto y que su hijo se había hecho de alguna tierra para cultivarla.

-Eso le hizo encontrar su misión en la vida, pero no veo cómo es que haya logrado cambiar al mundo o conectar a las personas con el gran entorno del multiverso.

-Tal vez no lo logré, pero es una posibilidad dentro de otra posibilidad. A veces los resultados no son inmediatos, tardan.

El silencio nos inundó. César miraba por la ventana con una sonrisa, convencido de que en su vida tuvo un acierto que le hacía sentir satisfecho con su vida. Por mi parte, concluí que era demasiado ingenuo, pero si ello le hacía sentirse realizado, no se podría reprochársele algo, pues en teoría hizo lo que creyó correcto. Su mirada estaba fija hacia el horizonte matutino, mirando siempre hacia Oriente, hacia la antigüedad… hacia el génesis.

Sin más, me despedí de él y recibí sus instrucciones para llegar a mi aposento. Tendría tiempo para descansar y después descargar la pulsión que todo alemán tiene dentro de sí: explorar, como Alexander von Humboldt.

Me salí de su apartamento para llegar a mi habitación que renté en la casona ubicada en la calle Zaragoza y descansar para después perderme en cada una de las catedrales que hay en el centro de San Luis Potosí. Faltaban tres días para la conmemoración del centenario de Manuel José Othón.

Al día siguiente me atreví a salir. El dueño del edificio de nombre Juan Manuel me entregó una nota de César, en ella me comunicaba que iría a Ciudad Valles por un amigo suyo también participaría en el evento y que nos veríamos un día antes para cenar y alistar nuestra presencia.

Cuando salí, me quedé sentado por espacio de una hora en una pequeña banca que estaba frente a la pequeña puerta del edificio. Temía un poco por mi seguridad, pero me atreví a caminar. Opté primero por ir al jardín Juan Sarabia, en el trayecto pasé por el teatro de la paz y por la casa donde nació el poeta. Allí me perdí por horas leyendo a Herta Müller. Extrañaba Alemania.

Busqué con desesperación el edificio donde vi el águila bicéfala; creo que me extravié porque tardé mucho para encontrarla a pesar de que se hallaba cerca. Por fin, allí estaba colgada al extremo derecho del portón de madera. La miré fijamente recorriendo su áurea figura una y otra vez… allí estaba yo, postrado frente a ella con mi melancolía disfrazada en mi silencio y en la gélida mirada de mis celestes ojos que jamás reflejarían tristeza alguna.

Extrañaba Alemania y lo más cercano a ella era mi habitación. Ya no quise explorar nada y me dediqué a leer, a escribir y a pensar en mi lengua materna. Simplemente me desconecté el chip del idioma español, sólo lo inserté para pedir comida
Esperaba con ímpetu la llegada del profesor Juárez, pero ya no llegó.

El día de la conmemoración se presentó una persona de la Universidad que me trasladaría hasta la sede del evento, al llegar, me comentó que el profesor había sido asesinado por un grupo de asaltantes. Me dio toda una contextualización a la cual no puse atención, sólo atiné a decirle que no participaría en señal de luto.

En mi desconsuelo, no reaccioné a nada, simplemente me salí a uno de los patios de la Universidad; miré hacia el Oriente creyendo ingenuamente que allí estaría. Los organizadores aceptaron mi decisión. Una joven se encargó, amablemente, en llevarme al lugar donde se realizaba el sepelio.

Al funeral asistieron sus amigos y algunos de sus familiares. La chica me presentó con sus amigos. Uno de ellos era el Doctor Legorreta.

-¿Doctor? –Le pregunté a la chica.

-Sí. –Respondió con indiferencia.

-¿Él fue el alcalde de un municipio….? No sé cómo se llama. –Expresé titubeante.

-Sí, el fue presidente municipal de Tanlajás. Contestó con un tono de sorpresa.

-¡Doctor, Doctor! –Le dije de forma súbita mientras trataba de recordar la historia.

-Sí, amigo. ¿En qué puedo ayudarle?

-Usted que fue alcalde, dígame que esto no podrá quedar así. ¿Qué pasó?

-Le asesinaron para robarle su automóvil y los responsables han sido identificados. Tenemos al que le disparó, pues las pruebas lo han confirmado que el detenido jaló del gatillo.

Uno de los colaboradores del Doctor se acercó para decirle al oído que el nombre del detenido era Cristóbal Gutiérrez. El galeno se quitó las gafas y con su mano se tomó la frente para mecerse su blanco cabello.

-Doctor. –Le cuestioné en voz baja. –Ese Cristóbal es…

-¡Sí! –Alcanzó a contestar con la voz quebrada que le siguió un llanto de incredulidad.

La mano que el Profesor ayudó, y que tal vez salvó fue la misma que le quitó la vida. Su idea se extinguió cuando le disparó. No había más que hacer. Me despedí del Doctor.

-Disculpe, todo ha sido tan repentino y esta noticia es muy lamentable. –dijo como queriéndose disculpar por el llanto.

-No hay por que disculparse.

-Usted no es de aquí. ¿Cómo conoció a César?

Le conté toda la historia mientras tomamos café. Al final mi ánimo estaba decaído. Saqué de mi portafolio la ponencia que debió de haber sido leída en esa funesta ocasión. Le pedí que la colocara en el féretro para así rendirle un homenaje simbólico. El Doctor la colocó allí en mi presencia, también le dio indicaciones a su ayudante para que me llevará.

Llegué a mi alcoba, empaqué y tomé un taxi para ir al aeropuerto de San Luis Potosí con destino a la Ciudad de México y de allí a Berlín.

En todos esos trayectos, no deje de pensar en el porqué de la irracionalidad humana y en los múltiples escenarios que pudieron ocurrir si se modificaba alguno de ellos. A mitad del vuelo hacia Berlín, opté por dejar eso en México. ¿Quién puede valorar más un auto que una vida? Las balas son baratas y su daño es invaluable. El dinero no puede crear vida, no puede hacer posibles órganos, tejidos, sentimientos o recuerdos. Es posible que el maestro tenga razón respecto a cómo somos en realidad: aferrados a la materia que impide vernos como seres racionales, pasionales y sentimentales. A no valorar las cosas. Me pregunto si las miradas del Profesor y de Cristóbal se habrán encontrado.

Füssen Primavera de 2008.

Mis actividades me habían ocupado bastante, pero después de haberlo reflexionado, escribí una historia inspirada en el profesor César Juárez. Para editarla, le llamé a mi viejo amor, Alfonsina, quien me superó y realizó mis sueños realidad al convertirse en editora y escritora. Hacía mucho tiempo que no sabía de ella y este fue el pretexto para verla.

Meses atrás que concluí mi trabajo, se lo mandé a su oficina de Stuttgart. Allí estaba yo, sentado en una pequeña banca situada frente a la puerta del castillo Neuschwanstein, en cuyo pórtico se halla un águila bicéfala, símbolo imperial de Ludwig II de Bavaria. Ella llegó puntual. Su mirada era fría, delicada, guardada en sus anteojos como la joya más valiosa que pudiese atesorarse. Sin tomar asiento, expresó:

-No perdamos tiempo, tu trabajo no me agrada.- Me dijo con un tono arrogante.
Sólo cerré los ojos, entristecí, pues tontamente pensé que le daría gusto verme.

-Guten Tag, Alfonsina, ¿Cómo estás?

-Estoy.

-¡Qué bueno que estás!

-Mira, vayamos al grano. Odio las lecturas que te digan qué pensar. Siempre has sido demasiado dictatorial en tu forma de escribir.

-¡Error! –Le dije. –En esta historia no le digo a nadie cómo pensar, simplemente invito al lector a que reflexioné y que en su libertad de albedrío, en su voluntad, actúe como mejor le plazca. ¿Eso es ser dictador?

-No trabajaré con esto, parece que pretendes ser la madre Teresa de Calcuta. Es profético, mesiánico. ¿Se te ofrece algo más?

-¿Tienes que ser tan descortés?

-Te lo dejé en claro hace mucho tiempo.

-En verdad tenía ganas de verte.

-Pues ya me viste.

-Sabes que siempre te he amado…

-No me interesas, te lo dije hace tiempo y te lo digo ahora.

-Puedes irte.

-Ridículo. –Dio media vuelta y se retiró.

Me levanté y me dirigí al contrario de su andar, allí, bajo la mirada del águila bicéfala que nunca encuentra a la otra, que miran hacia el infinito pasado y al infinito futuro, pero que en un multiverso curvo, se cruzan en la historia misma. Símbolo de los inicios y los finales que atestiguaron mi último intento por componer mi infelicidad. Ya lo decía Aristóteles: Al mirar al otro a los ojos nos encontramos con nuestro reflejo y es la mirada que el otro tiene sobre nosotros. Tal vez así podamos incentivar la reflexión sobre nosotros mismos, sobre el otro que se refleja en las miradas.

Es el adjetivo lo que le da el sentido a una obra para calificarlo como dictatorial o mesiánico, pero, como le dije a Alfonsina, ¿es malo que el escritor invite al lector a reflexionar, como mejor le plazca, algunas circunstancias de nuestro entorno? ¿No es acaso el papel que tiene el escritor en la sociedad? ¿No acaso era ese el propósito de Neruda en su libro Confieso que he vivido? No me comparo con él, pero creo que es el papel del escritor, el cual a veces se pierde en la crítica al gobierno, en la sátira de la sociedad, en la desazón del amor… en la posmodernidad.
Sabía que Alfonsina no trabajaría con mi obra, pero sólo quería verle de nuevo. Mi libro estaba ya publicado y en proceso de promoción.

Han pasado meses desde ese el encuentro con Alfonsina, y en mi delirio por su segundo desdén en el castillo, cada noche, desde que se publicó mi libro, sueño con las miradas de mis lectores; algunas desenfadadas, otras, risueñas ante mi exégesis, la mayoría indiferentes, pero todas esas miradas son mudas; ninguna voz se alza a favor o en contra de mi tesis.

Anoche, entre las miradas ignotas de mis lectores, me encontré con la mirada de mi amada. ¡Por fin pude verla a los ojos para reflejarme en su mirada! Tuvieron que pasar dos años, pero a la fecha ignoró el motivo de su llanto.
Karl Heinz Friedrich Wilhem von Reichenbach. 2010