-Es muy fácil, teutón. Sólo tenemos que ayudarnos. Lo aprendí tarde, pensé que el conocimiento me llevaría a la felicidad… la verdad os hará libres; y para llegar a la verdad se requiere conocer, pero el conocimiento os lleva a la infelicidad. Al menos Sócrates sabía que no sabía, pero nosotros ni siquiera eso sabemos. La gente se preocupa por cosas materiales como el dinero, pero se olvidan de otras trascendentales. ¿Acaso no entienden que si nos aferramos a lo material jamás podrán trascender? Esa es la enseñanza de Egipto que ha quedado en su vasto legado, pero hace tiempo que dejamos de comprendernos y vivimos en un galimatías.
Así pues, el maestro me explicó cómo enfocó su vida hacia el conocimiento, que su meta era inalcanzable y no pudo componer sus relaciones sentimentales, llegado a la crisis, optó por darle un giro a su vida y buscar la causa que le diera su sentido.
De Oriente nos llegó la luz que dio pauta a la historia de cómo se reencontró en-el-mundo. Se levantó a mirar el alba por su ventana y con una reverencia recibió al Sol.
-Allá. –Señalaba al astro rey. -Hay un municipio llamado Tanlajás. Es un municipio muy pobre que pertenece a la huasteca potosina. Un amigo médico, que fue presidente municipal, me invitó a un evento cultural. Allí fue cuando conocí a Juanita.
El profesor Juárez se detuvo un momento mientras miraba hacía el jardín Juan Sarabia, como si estuviese viviendo su propio recuerdo. Yo sospechaba que su historia se desviaría a un aspecto patético propio del latino.
-Su esposo se fue a Estados Unidos. Sólo estaba ella con su pequeño hijo Cristóbal. Con el poco dinero que recibía, se hizo de un pequeño puesto de comida huasteca en la carretera que va a Ciudad Valles. El niño estaba destinado a una vida sin un futuro. Todo fue contrastante; los invitados estábamos en medio de la suntuosidad y no muy lejos de allí la pobreza era notoria, evidente. Fue allí donde reflexioné que tenía que hacer algo: ayudar a los niños de esa comunidad
-¿Y cómo lo hizo, profesor?
- Doné por muchos años parte de mi sueldo para esa comunidad, disfrazada como un apoyo del gobierno municipal. En realidad sólo ellos hacían llegar el dinero de forma integra, nunca pusieron nada.
-Entiendo.
-Por mis actividades, perdí el rastro de Juanita y de Cristóbal, pero aun sigo apoyando a la comunidad. Me enteré tiempo después que Juanita había muerto y que su hijo se había hecho de alguna tierra para cultivarla.
-Eso le hizo encontrar su misión en la vida, pero no veo cómo es que haya logrado cambiar al mundo o conectar a las personas con el gran entorno del multiverso.
-Tal vez no lo logré, pero es una posibilidad dentro de otra posibilidad. A veces los resultados no son inmediatos, tardan.
El silencio nos inundó. César miraba por la ventana con una sonrisa, convencido de que en su vida tuvo un acierto que le hacía sentir satisfecho con su vida. Por mi parte, concluí que era demasiado ingenuo, pero si ello le hacía sentirse realizado, no se podría reprochársele algo, pues en teoría hizo lo que creyó correcto. Su mirada estaba fija hacia el horizonte matutino, mirando siempre hacia Oriente, hacia la antigüedad… hacia el génesis.
Sin más, me despedí de él y recibí sus instrucciones para llegar a mi aposento. Tendría tiempo para descansar y después descargar la pulsión que todo alemán tiene dentro de sí: explorar, como Alexander von Humboldt.
Me salí de su apartamento para llegar a mi habitación que renté en la casona ubicada en la calle Zaragoza y descansar para después perderme en cada una de las catedrales que hay en el centro de San Luis Potosí. Faltaban tres días para la conmemoración del centenario de Manuel José Othón.
Al día siguiente me atreví a salir. El dueño del edificio de nombre Juan Manuel me entregó una nota de César, en ella me comunicaba que iría a Ciudad Valles por un amigo suyo también participaría en el evento y que nos veríamos un día antes para cenar y alistar nuestra presencia.
Cuando salí, me quedé sentado por espacio de una hora en una pequeña banca que estaba frente a la pequeña puerta del edificio. Temía un poco por mi seguridad, pero me atreví a caminar. Opté primero por ir al jardín Juan Sarabia, en el trayecto pasé por el teatro de la paz y por la casa donde nació el poeta. Allí me perdí por horas leyendo a Herta Müller. Extrañaba Alemania.
Busqué con desesperación el edificio donde vi el águila bicéfala; creo que me extravié porque tardé mucho para encontrarla a pesar de que se hallaba cerca. Por fin, allí estaba colgada al extremo derecho del portón de madera. La miré fijamente recorriendo su áurea figura una y otra vez… allí estaba yo, postrado frente a ella con mi melancolía disfrazada en mi silencio y en la gélida mirada de mis celestes ojos que jamás reflejarían tristeza alguna.
Extrañaba Alemania y lo más cercano a ella era mi habitación. Ya no quise explorar nada y me dediqué a leer, a escribir y a pensar en mi lengua materna. Simplemente me desconecté el chip del idioma español, sólo lo inserté para pedir comida
Esperaba con ímpetu la llegada del profesor Juárez, pero ya no llegó.
El día de la conmemoración se presentó una persona de la Universidad que me trasladaría hasta la sede del evento, al llegar, me comentó que el profesor había sido asesinado por un grupo de asaltantes. Me dio toda una contextualización a la cual no puse atención, sólo atiné a decirle que no participaría en señal de luto.
En mi desconsuelo, no reaccioné a nada, simplemente me salí a uno de los patios de la Universidad; miré hacia el Oriente creyendo ingenuamente que allí estaría. Los organizadores aceptaron mi decisión. Una joven se encargó, amablemente, en llevarme al lugar donde se realizaba el sepelio.
Al funeral asistieron sus amigos y algunos de sus familiares. La chica me presentó con sus amigos. Uno de ellos era el Doctor Legorreta.
-¿Doctor? –Le pregunté a la chica.
-Sí. –Respondió con indiferencia.
-¿Él fue el alcalde de un municipio….? No sé cómo se llama. –Expresé titubeante.
-Sí, el fue presidente municipal de Tanlajás. Contestó con un tono de sorpresa.
-¡Doctor, Doctor! –Le dije de forma súbita mientras trataba de recordar la historia.
-Sí, amigo. ¿En qué puedo ayudarle?
-Usted que fue alcalde, dígame que esto no podrá quedar así. ¿Qué pasó?
-Le asesinaron para robarle su automóvil y los responsables han sido identificados. Tenemos al que le disparó, pues las pruebas lo han confirmado que el detenido jaló del gatillo.
Uno de los colaboradores del Doctor se acercó para decirle al oído que el nombre del detenido era Cristóbal Gutiérrez. El galeno se quitó las gafas y con su mano se tomó la frente para mecerse su blanco cabello.
-Doctor. –Le cuestioné en voz baja. –Ese Cristóbal es…
-¡Sí! –Alcanzó a contestar con la voz quebrada que le siguió un llanto de incredulidad.
La mano que el Profesor ayudó, y que tal vez salvó fue la misma que le quitó la vida. Su idea se extinguió cuando le disparó. No había más que hacer. Me despedí del Doctor.
-Disculpe, todo ha sido tan repentino y esta noticia es muy lamentable. –dijo como queriéndose disculpar por el llanto.
-No hay por que disculparse.
-Usted no es de aquí. ¿Cómo conoció a César?
Le conté toda la historia mientras tomamos café. Al final mi ánimo estaba decaído. Saqué de mi portafolio la ponencia que debió de haber sido leída en esa funesta ocasión. Le pedí que la colocara en el féretro para así rendirle un homenaje simbólico. El Doctor la colocó allí en mi presencia, también le dio indicaciones a su ayudante para que me llevará.
Llegué a mi alcoba, empaqué y tomé un taxi para ir al aeropuerto de San Luis Potosí con destino a la Ciudad de México y de allí a Berlín.
En todos esos trayectos, no deje de pensar en el porqué de la irracionalidad humana y en los múltiples escenarios que pudieron ocurrir si se modificaba alguno de ellos. A mitad del vuelo hacia Berlín, opté por dejar eso en México. ¿Quién puede valorar más un auto que una vida? Las balas son baratas y su daño es invaluable. El dinero no puede crear vida, no puede hacer posibles órganos, tejidos, sentimientos o recuerdos. Es posible que el maestro tenga razón respecto a cómo somos en realidad: aferrados a la materia que impide vernos como seres racionales, pasionales y sentimentales. A no valorar las cosas. Me pregunto si las miradas del Profesor y de Cristóbal se habrán encontrado.
Füssen Primavera de 2008.
Mis actividades me habían ocupado bastante, pero después de haberlo reflexionado, escribí una historia inspirada en el profesor César Juárez. Para editarla, le llamé a mi viejo amor, Alfonsina, quien me superó y realizó mis sueños realidad al convertirse en editora y escritora. Hacía mucho tiempo que no sabía de ella y este fue el pretexto para verla.
Meses atrás que concluí mi trabajo, se lo mandé a su oficina de Stuttgart. Allí estaba yo, sentado en una pequeña banca situada frente a la puerta del castillo Neuschwanstein, en cuyo pórtico se halla un águila bicéfala, símbolo imperial de Ludwig II de Bavaria. Ella llegó puntual. Su mirada era fría, delicada, guardada en sus anteojos como la joya más valiosa que pudiese atesorarse. Sin tomar asiento, expresó:
-No perdamos tiempo, tu trabajo no me agrada.- Me dijo con un tono arrogante.
Sólo cerré los ojos, entristecí, pues tontamente pensé que le daría gusto verme.
-Guten Tag, Alfonsina, ¿Cómo estás?
-Estoy.
-¡Qué bueno que estás!
-Mira, vayamos al grano. Odio las lecturas que te digan qué pensar. Siempre has sido demasiado dictatorial en tu forma de escribir.
-¡Error! –Le dije. –En esta historia no le digo a nadie cómo pensar, simplemente invito al lector a que reflexioné y que en su libertad de albedrío, en su voluntad, actúe como mejor le plazca. ¿Eso es ser dictador?
-No trabajaré con esto, parece que pretendes ser la madre Teresa de Calcuta. Es profético, mesiánico. ¿Se te ofrece algo más?
-¿Tienes que ser tan descortés?
-Te lo dejé en claro hace mucho tiempo.
-En verdad tenía ganas de verte.
-Pues ya me viste.
-Sabes que siempre te he amado…
-No me interesas, te lo dije hace tiempo y te lo digo ahora.
-Puedes irte.
-Ridículo. –Dio media vuelta y se retiró.
Me levanté y me dirigí al contrario de su andar, allí, bajo la mirada del águila bicéfala que nunca encuentra a la otra, que miran hacia el infinito pasado y al infinito futuro, pero que en un multiverso curvo, se cruzan en la historia misma. Símbolo de los inicios y los finales que atestiguaron mi último intento por componer mi infelicidad. Ya lo decía Aristóteles: Al mirar al otro a los ojos nos encontramos con nuestro reflejo y es la mirada que el otro tiene sobre nosotros. Tal vez así podamos incentivar la reflexión sobre nosotros mismos, sobre el otro que se refleja en las miradas.
Es el adjetivo lo que le da el sentido a una obra para calificarlo como dictatorial o mesiánico, pero, como le dije a Alfonsina, ¿es malo que el escritor invite al lector a reflexionar, como mejor le plazca, algunas circunstancias de nuestro entorno? ¿No es acaso el papel que tiene el escritor en la sociedad? ¿No acaso era ese el propósito de Neruda en su libro Confieso que he vivido? No me comparo con él, pero creo que es el papel del escritor, el cual a veces se pierde en la crítica al gobierno, en la sátira de la sociedad, en la desazón del amor… en la posmodernidad.
Sabía que Alfonsina no trabajaría con mi obra, pero sólo quería verle de nuevo. Mi libro estaba ya publicado y en proceso de promoción.
Han pasado meses desde ese el encuentro con Alfonsina, y en mi delirio por su segundo desdén en el castillo, cada noche, desde que se publicó mi libro, sueño con las miradas de mis lectores; algunas desenfadadas, otras, risueñas ante mi exégesis, la mayoría indiferentes, pero todas esas miradas son mudas; ninguna voz se alza a favor o en contra de mi tesis.
Anoche, entre las miradas ignotas de mis lectores, me encontré con la mirada de mi amada. ¡Por fin pude verla a los ojos para reflejarme en su mirada! Tuvieron que pasar dos años, pero a la fecha ignoró el motivo de su llanto.
Así pues, el maestro me explicó cómo enfocó su vida hacia el conocimiento, que su meta era inalcanzable y no pudo componer sus relaciones sentimentales, llegado a la crisis, optó por darle un giro a su vida y buscar la causa que le diera su sentido.
De Oriente nos llegó la luz que dio pauta a la historia de cómo se reencontró en-el-mundo. Se levantó a mirar el alba por su ventana y con una reverencia recibió al Sol.
-Allá. –Señalaba al astro rey. -Hay un municipio llamado Tanlajás. Es un municipio muy pobre que pertenece a la huasteca potosina. Un amigo médico, que fue presidente municipal, me invitó a un evento cultural. Allí fue cuando conocí a Juanita.
El profesor Juárez se detuvo un momento mientras miraba hacía el jardín Juan Sarabia, como si estuviese viviendo su propio recuerdo. Yo sospechaba que su historia se desviaría a un aspecto patético propio del latino.
-Su esposo se fue a Estados Unidos. Sólo estaba ella con su pequeño hijo Cristóbal. Con el poco dinero que recibía, se hizo de un pequeño puesto de comida huasteca en la carretera que va a Ciudad Valles. El niño estaba destinado a una vida sin un futuro. Todo fue contrastante; los invitados estábamos en medio de la suntuosidad y no muy lejos de allí la pobreza era notoria, evidente. Fue allí donde reflexioné que tenía que hacer algo: ayudar a los niños de esa comunidad
-¿Y cómo lo hizo, profesor?
- Doné por muchos años parte de mi sueldo para esa comunidad, disfrazada como un apoyo del gobierno municipal. En realidad sólo ellos hacían llegar el dinero de forma integra, nunca pusieron nada.
-Entiendo.
-Por mis actividades, perdí el rastro de Juanita y de Cristóbal, pero aun sigo apoyando a la comunidad. Me enteré tiempo después que Juanita había muerto y que su hijo se había hecho de alguna tierra para cultivarla.
-Eso le hizo encontrar su misión en la vida, pero no veo cómo es que haya logrado cambiar al mundo o conectar a las personas con el gran entorno del multiverso.
-Tal vez no lo logré, pero es una posibilidad dentro de otra posibilidad. A veces los resultados no son inmediatos, tardan.
El silencio nos inundó. César miraba por la ventana con una sonrisa, convencido de que en su vida tuvo un acierto que le hacía sentir satisfecho con su vida. Por mi parte, concluí que era demasiado ingenuo, pero si ello le hacía sentirse realizado, no se podría reprochársele algo, pues en teoría hizo lo que creyó correcto. Su mirada estaba fija hacia el horizonte matutino, mirando siempre hacia Oriente, hacia la antigüedad… hacia el génesis.
Sin más, me despedí de él y recibí sus instrucciones para llegar a mi aposento. Tendría tiempo para descansar y después descargar la pulsión que todo alemán tiene dentro de sí: explorar, como Alexander von Humboldt.
Me salí de su apartamento para llegar a mi habitación que renté en la casona ubicada en la calle Zaragoza y descansar para después perderme en cada una de las catedrales que hay en el centro de San Luis Potosí. Faltaban tres días para la conmemoración del centenario de Manuel José Othón.
Al día siguiente me atreví a salir. El dueño del edificio de nombre Juan Manuel me entregó una nota de César, en ella me comunicaba que iría a Ciudad Valles por un amigo suyo también participaría en el evento y que nos veríamos un día antes para cenar y alistar nuestra presencia.
Cuando salí, me quedé sentado por espacio de una hora en una pequeña banca que estaba frente a la pequeña puerta del edificio. Temía un poco por mi seguridad, pero me atreví a caminar. Opté primero por ir al jardín Juan Sarabia, en el trayecto pasé por el teatro de la paz y por la casa donde nació el poeta. Allí me perdí por horas leyendo a Herta Müller. Extrañaba Alemania.
Busqué con desesperación el edificio donde vi el águila bicéfala; creo que me extravié porque tardé mucho para encontrarla a pesar de que se hallaba cerca. Por fin, allí estaba colgada al extremo derecho del portón de madera. La miré fijamente recorriendo su áurea figura una y otra vez… allí estaba yo, postrado frente a ella con mi melancolía disfrazada en mi silencio y en la gélida mirada de mis celestes ojos que jamás reflejarían tristeza alguna.
Extrañaba Alemania y lo más cercano a ella era mi habitación. Ya no quise explorar nada y me dediqué a leer, a escribir y a pensar en mi lengua materna. Simplemente me desconecté el chip del idioma español, sólo lo inserté para pedir comida
Esperaba con ímpetu la llegada del profesor Juárez, pero ya no llegó.
El día de la conmemoración se presentó una persona de la Universidad que me trasladaría hasta la sede del evento, al llegar, me comentó que el profesor había sido asesinado por un grupo de asaltantes. Me dio toda una contextualización a la cual no puse atención, sólo atiné a decirle que no participaría en señal de luto.
En mi desconsuelo, no reaccioné a nada, simplemente me salí a uno de los patios de la Universidad; miré hacia el Oriente creyendo ingenuamente que allí estaría. Los organizadores aceptaron mi decisión. Una joven se encargó, amablemente, en llevarme al lugar donde se realizaba el sepelio.
Al funeral asistieron sus amigos y algunos de sus familiares. La chica me presentó con sus amigos. Uno de ellos era el Doctor Legorreta.
-¿Doctor? –Le pregunté a la chica.
-Sí. –Respondió con indiferencia.
-¿Él fue el alcalde de un municipio….? No sé cómo se llama. –Expresé titubeante.
-Sí, el fue presidente municipal de Tanlajás. Contestó con un tono de sorpresa.
-¡Doctor, Doctor! –Le dije de forma súbita mientras trataba de recordar la historia.
-Sí, amigo. ¿En qué puedo ayudarle?
-Usted que fue alcalde, dígame que esto no podrá quedar así. ¿Qué pasó?
-Le asesinaron para robarle su automóvil y los responsables han sido identificados. Tenemos al que le disparó, pues las pruebas lo han confirmado que el detenido jaló del gatillo.
Uno de los colaboradores del Doctor se acercó para decirle al oído que el nombre del detenido era Cristóbal Gutiérrez. El galeno se quitó las gafas y con su mano se tomó la frente para mecerse su blanco cabello.
-Doctor. –Le cuestioné en voz baja. –Ese Cristóbal es…
-¡Sí! –Alcanzó a contestar con la voz quebrada que le siguió un llanto de incredulidad.
La mano que el Profesor ayudó, y que tal vez salvó fue la misma que le quitó la vida. Su idea se extinguió cuando le disparó. No había más que hacer. Me despedí del Doctor.
-Disculpe, todo ha sido tan repentino y esta noticia es muy lamentable. –dijo como queriéndose disculpar por el llanto.
-No hay por que disculparse.
-Usted no es de aquí. ¿Cómo conoció a César?
Le conté toda la historia mientras tomamos café. Al final mi ánimo estaba decaído. Saqué de mi portafolio la ponencia que debió de haber sido leída en esa funesta ocasión. Le pedí que la colocara en el féretro para así rendirle un homenaje simbólico. El Doctor la colocó allí en mi presencia, también le dio indicaciones a su ayudante para que me llevará.
Llegué a mi alcoba, empaqué y tomé un taxi para ir al aeropuerto de San Luis Potosí con destino a la Ciudad de México y de allí a Berlín.
En todos esos trayectos, no deje de pensar en el porqué de la irracionalidad humana y en los múltiples escenarios que pudieron ocurrir si se modificaba alguno de ellos. A mitad del vuelo hacia Berlín, opté por dejar eso en México. ¿Quién puede valorar más un auto que una vida? Las balas son baratas y su daño es invaluable. El dinero no puede crear vida, no puede hacer posibles órganos, tejidos, sentimientos o recuerdos. Es posible que el maestro tenga razón respecto a cómo somos en realidad: aferrados a la materia que impide vernos como seres racionales, pasionales y sentimentales. A no valorar las cosas. Me pregunto si las miradas del Profesor y de Cristóbal se habrán encontrado.
Füssen Primavera de 2008.
Mis actividades me habían ocupado bastante, pero después de haberlo reflexionado, escribí una historia inspirada en el profesor César Juárez. Para editarla, le llamé a mi viejo amor, Alfonsina, quien me superó y realizó mis sueños realidad al convertirse en editora y escritora. Hacía mucho tiempo que no sabía de ella y este fue el pretexto para verla.
Meses atrás que concluí mi trabajo, se lo mandé a su oficina de Stuttgart. Allí estaba yo, sentado en una pequeña banca situada frente a la puerta del castillo Neuschwanstein, en cuyo pórtico se halla un águila bicéfala, símbolo imperial de Ludwig II de Bavaria. Ella llegó puntual. Su mirada era fría, delicada, guardada en sus anteojos como la joya más valiosa que pudiese atesorarse. Sin tomar asiento, expresó:
-No perdamos tiempo, tu trabajo no me agrada.- Me dijo con un tono arrogante.
Sólo cerré los ojos, entristecí, pues tontamente pensé que le daría gusto verme.
-Guten Tag, Alfonsina, ¿Cómo estás?
-Estoy.
-¡Qué bueno que estás!
-Mira, vayamos al grano. Odio las lecturas que te digan qué pensar. Siempre has sido demasiado dictatorial en tu forma de escribir.
-¡Error! –Le dije. –En esta historia no le digo a nadie cómo pensar, simplemente invito al lector a que reflexioné y que en su libertad de albedrío, en su voluntad, actúe como mejor le plazca. ¿Eso es ser dictador?
-No trabajaré con esto, parece que pretendes ser la madre Teresa de Calcuta. Es profético, mesiánico. ¿Se te ofrece algo más?
-¿Tienes que ser tan descortés?
-Te lo dejé en claro hace mucho tiempo.
-En verdad tenía ganas de verte.
-Pues ya me viste.
-Sabes que siempre te he amado…
-No me interesas, te lo dije hace tiempo y te lo digo ahora.
-Puedes irte.
-Ridículo. –Dio media vuelta y se retiró.
Me levanté y me dirigí al contrario de su andar, allí, bajo la mirada del águila bicéfala que nunca encuentra a la otra, que miran hacia el infinito pasado y al infinito futuro, pero que en un multiverso curvo, se cruzan en la historia misma. Símbolo de los inicios y los finales que atestiguaron mi último intento por componer mi infelicidad. Ya lo decía Aristóteles: Al mirar al otro a los ojos nos encontramos con nuestro reflejo y es la mirada que el otro tiene sobre nosotros. Tal vez así podamos incentivar la reflexión sobre nosotros mismos, sobre el otro que se refleja en las miradas.
Es el adjetivo lo que le da el sentido a una obra para calificarlo como dictatorial o mesiánico, pero, como le dije a Alfonsina, ¿es malo que el escritor invite al lector a reflexionar, como mejor le plazca, algunas circunstancias de nuestro entorno? ¿No es acaso el papel que tiene el escritor en la sociedad? ¿No acaso era ese el propósito de Neruda en su libro Confieso que he vivido? No me comparo con él, pero creo que es el papel del escritor, el cual a veces se pierde en la crítica al gobierno, en la sátira de la sociedad, en la desazón del amor… en la posmodernidad.
Sabía que Alfonsina no trabajaría con mi obra, pero sólo quería verle de nuevo. Mi libro estaba ya publicado y en proceso de promoción.
Han pasado meses desde ese el encuentro con Alfonsina, y en mi delirio por su segundo desdén en el castillo, cada noche, desde que se publicó mi libro, sueño con las miradas de mis lectores; algunas desenfadadas, otras, risueñas ante mi exégesis, la mayoría indiferentes, pero todas esas miradas son mudas; ninguna voz se alza a favor o en contra de mi tesis.
Anoche, entre las miradas ignotas de mis lectores, me encontré con la mirada de mi amada. ¡Por fin pude verla a los ojos para reflejarme en su mirada! Tuvieron que pasar dos años, pero a la fecha ignoró el motivo de su llanto.
Karl Heinz Friedrich Wilhem von Reichenbach. 2010
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