Cada mañana miro por el balcón la salida del sol, allá donde es tu horizonte, tu casa y tu vida; es el Levante quien con sus corrientes cálidas, trae a mi ser el suave rocío de tu aliento.
El astro rey ilumina mi mirada de fría plata, y tu figura la dilata. Noticias aguardo desde lo alto para saber de tu presencia en la tierra, ese camino bifurcado por el eterno instante que me ha regalado la vida.
Metáfora matutina encarnada en mujer, eres todo desde todas las ópticas posibles, flor, lluvia, arco iris, noche, Luz, paz, guerra, risa, llanto, vampiresa, asesina… la conjunción de un segundo multiplicado por la humanidad, eterna, perenne. Trescientos sesenta grados elevados a la tricentésima sexagésima potencia.
Corto lapso ha transcurrido en realidad, sin embargo mi mente divaga en tu ser. Muero cada mañana, y la visión efímera pre póstuma es mi vida contigo: recuerdos duros y tristes, opacados por la felicidad de nuestra frágil y naciente amistad que a veces languidece y otras resurge.
¡Vale la pena morir ésta y todas las albas! Mi ocaso trae a mí las fuerzas para estar otro amanecer allí, de pie en el balcón; admirando tu ingenio solar, tu sonrisa venusina tus labios de ágata, tu aroma a rosas y tu simple figura.
Letras, metáforas e ingenio menguan, mas la solemne e ingenua esperanza me hacen estar allí cada mañana a sabiendas de que no habrá nada nuevo bajo el sol