Cada mañana miro por el balcón la salida del sol, allá donde es tu horizonte, tu casa y tu vida; es el Levante quien con sus corrientes cálidas, trae a mi ser el suave rocío de tu aliento.
El astro rey ilumina mi mirada de fría plata, y tu figura la dilata. Noticias aguardo desde lo alto para saber de tu presencia en la tierra, ese camino bifurcado por el eterno instante que me ha regalado la vida.
Metáfora matutina encarnada en mujer, eres todo desde todas las ópticas posibles, flor, lluvia, arco iris, noche, Luz, paz, guerra, risa, llanto, vampiresa, asesina… la conjunción de un segundo multiplicado por la humanidad, eterna, perenne. Trescientos sesenta grados elevados a la tricentésima sexagésima potencia.
Corto lapso ha transcurrido en realidad, sin embargo mi mente divaga en tu ser. Muero cada mañana, y la visión efímera pre póstuma es mi vida contigo: recuerdos duros y tristes, opacados por la felicidad de nuestra frágil y naciente amistad que a veces languidece y otras resurge.
¡Vale la pena morir ésta y todas las albas! Mi ocaso trae a mí las fuerzas para estar otro amanecer allí, de pie en el balcón; admirando tu ingenio solar, tu sonrisa venusina tus labios de ágata, tu aroma a rosas y tu simple figura.
Letras, metáforas e ingenio menguan, mas la solemne e ingenua esperanza me hacen estar allí cada mañana a sabiendas de que no habrá nada nuevo bajo el sol
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jueves, 15 de enero de 2009
Respuestas a un examen
A la conclusión de la fase preliminar de la tortura, me sometí a varios cuestionamientos. El día de hoy ofrezco la respuestas a tres de ellos. Disculpe usted la ignorancia que estas respuestas guardan en sí mismas, pero la limitación de mi mente fue capaz de responder de esta forma. Lamento la grosería
¿Quién soy?
Tal vez suene muy rara esta respuesta, pero considero que soy un holograma que responde a un nombre y que se encuentra en un contexto dimensional, histórico, cultural, social, geográfico, temporal, ideológico y económico definidos. Digo que soy un holograma porque cuando llegué a este mundo muchas cosas ya estaban y se han modificado a la par de mi existencia, y esas cosas creadas por otros hologramas han permanecido, mientras quienes los edificaron no, entonces considero que estuve, estoy y estaré, y que las cosas que construya puedan permanecer hasta el final de los tiempos (o cuando el universo se comprima), pero yo no; entonces creo que mi existencia es una fugacidad en comparación al tiempo cósmico y que sólo podrá aportar algo al caos-orden en pro del equilibrio del universo y que coexiste con otras formas hologramáticas de mundos paralelos al nuestro. En síntesis, soy un holograma, lo demás fue la justificación de mi respuesta.
Tal vez suene muy rara esta respuesta, pero considero que soy un holograma que responde a un nombre y que se encuentra en un contexto dimensional, histórico, cultural, social, geográfico, temporal, ideológico y económico definidos. Digo que soy un holograma porque cuando llegué a este mundo muchas cosas ya estaban y se han modificado a la par de mi existencia, y esas cosas creadas por otros hologramas han permanecido, mientras quienes los edificaron no, entonces considero que estuve, estoy y estaré, y que las cosas que construya puedan permanecer hasta el final de los tiempos (o cuando el universo se comprima), pero yo no; entonces creo que mi existencia es una fugacidad en comparación al tiempo cósmico y que sólo podrá aportar algo al caos-orden en pro del equilibrio del universo y que coexiste con otras formas hologramáticas de mundos paralelos al nuestro. En síntesis, soy un holograma, lo demás fue la justificación de mi respuesta.
¿Qué sé hacer?
Es una buena pregunta, en parte creo que depende de quien pregunte, pues cuando lo hagan ahora que vaya a pedir trabajo no creo que les interese saber que sé escribir sonetos y octavas reales, así que supongo que la libertad relativa que usted me ofrece para responder la pregunta, diré lo siguiente:
Sólo sé relatar, pues a través del relato puedo construir más cosas que le permite a mi existencia una sana convivencia con el nos-otros que convergen su existencia a la par de la mía, y quizás a través del relato que comparta con ellos, pueda nacer el interés para hacer otras cosas y tomar decisiones ante los problemas que nos aquejan, pues gran parte de mis relatos son eso, una muestra de los impactos colaterales que alguien nos da desde una posición de poder que supera a la nuestra.
Mis relatos son esa búsqueda para llegar a un acuerdo común entre una y mil partes para dar solución a algo sin afectar a una mayoría. Doy testimonio, y no soy el único, somos muchos los que como yo damos relatos para mejorar un poco las situaciones de las personas en el mundo, aunque estoy seguro que si yo estuviese en el otro lado del poder, no sería consciente, no relataría nada, y no me importaría lo que los demás hiciesen, pero en la construcción de relatos hay un historial de actos, experiencias y puntos de vista que superan mi visión en el horizonte en el cual me paro día a día. ¿No es acaso parte del compromiso que un escritor tiene con la gente? Por lo cual, concluyo que hago esto y nada a la vez.
Es una buena pregunta, en parte creo que depende de quien pregunte, pues cuando lo hagan ahora que vaya a pedir trabajo no creo que les interese saber que sé escribir sonetos y octavas reales, así que supongo que la libertad relativa que usted me ofrece para responder la pregunta, diré lo siguiente:
Sólo sé relatar, pues a través del relato puedo construir más cosas que le permite a mi existencia una sana convivencia con el nos-otros que convergen su existencia a la par de la mía, y quizás a través del relato que comparta con ellos, pueda nacer el interés para hacer otras cosas y tomar decisiones ante los problemas que nos aquejan, pues gran parte de mis relatos son eso, una muestra de los impactos colaterales que alguien nos da desde una posición de poder que supera a la nuestra.
Mis relatos son esa búsqueda para llegar a un acuerdo común entre una y mil partes para dar solución a algo sin afectar a una mayoría. Doy testimonio, y no soy el único, somos muchos los que como yo damos relatos para mejorar un poco las situaciones de las personas en el mundo, aunque estoy seguro que si yo estuviese en el otro lado del poder, no sería consciente, no relataría nada, y no me importaría lo que los demás hiciesen, pero en la construcción de relatos hay un historial de actos, experiencias y puntos de vista que superan mi visión en el horizonte en el cual me paro día a día. ¿No es acaso parte del compromiso que un escritor tiene con la gente? Por lo cual, concluyo que hago esto y nada a la vez.
¿Qué sé pensar?
Después de escribir esto, supongo que no sé pensar muchas cosas; aún no comprendo la diferencia entre pensar y soñar; me remito a Shakespeare cuando usa a Hamlet para decir que estamos hechos de la materia de los sueños, o a Calderón de la Barca cuando concluye que la vida es un sueño… considero que no sé pensar, sé soñar, y la descripción de los sueños poseen cualidades ilimitadas en comparación al pensamiento, el cual es más racional, concluyo con una frase de mi maestro, Salvador Dalí, cuando esté aseveró que la irracionalidad es creación y los sueños son irracionales. Soy irracional y por eso no pienso, sueño.
El ajedréz de piedra

No ha mucho tiempo que inicié el aprendizaje de tan compleja actividad lúdica, sin embargo, la primer persona con quien lo jugué era aquella dama morena cerca del coloso de mármol. Lo recuerdo bien, era un tablero de madera, barnizada, con cierto olor a pino. Ella decidió jugar con las piezas negras, y sin duda alguna las movilizó al grado de herir de muerte al rey blanco que estaba al frente de la reina morena. El rey sucumbió ante sus encantos, con esa mirada y esa voz, veneno de lujuria. ¡Esa piel! Alfombra de lujuria…
De la muerte de aquél, vino la resurrección, seis años después de haber sido enterrado bajo aquella suntuosa lápida que el olvido da a quien absorbe en sus entrañas de color sangre y arena. De nuevo veía las falaces sonrisas de los contemporáneos; los gritos suicidas por vida incrédula que exigían la galante entrada de la indiferencia y mezquindad que procede del narcótico visual de las apariencias. Miradas blancas oscurecidas por la brillantez nítida de la personalidad, royendo el morbo en los cuerpos decapitados de dioses, ninfas y deseos.
El levante del rey fue la apoteosis a la incredulidad de la sinrazón. ¿Por qué no descansé eternamente en los placeres líricos? ¿Por qué la vida debe de continuar? Esas fueron mis primeras palabras al ver el torbellino catastrófico de la inmundicia mundana de la inhumanidad humana, de la razón, de la praxis, de la existencia privatizada por capitales líquidos.
Me aterró ver la escena descrita por Quevedo, sin embargo, me dirigí a tomar venganza de mi muerte; sin embargo, aquella lejana reina se aseguró con mi olvidó, pues jamás le volví a ver, a menos que no fuese en el vértigo causado por el rayo de lucidez que me quemaba con aquella falsa sonrisa, aquella mirada, aquel olor a quenopodio.
Entre los objetos acompañantes para mi vida futura, alguien dejó un tablero de ajedréz, era de mármol y amatista. La base de las piezas era de lapislázuli. Su extensión no era muy grande, oscilaba entre el codo, y su peso no pasaba de una arroba. Era brillante como el material del que estaba hecho Rueda, y al mirar el tablero con las piezas, miré mi rostro multiplicado por treinta y siete veces. Treinta y siete escupitajos de realidad recién desenvuelta, treinta y siete sustos y suspiros.
Me levanté y me vestí con el traje de la incertidumbre, de la apatía que llevo en mi silencio al negarme rotundamente a vomitar conocimiento, a arengar con el culto, y así me dispuse, con este disfraz, a mezclarme con el mundo.
Tras jugar mi papel en este funesto escenario, que no era el que debía ser según la prognosis de la década de los ochenta, encontré un compañero de juego, un rival quizá, que irrumpiría en la tranquilidad de mezquita cercana a la costa, para iniciar una cruzada, sólo que se trataba de una batalla entre blancos. ¡Adiós al apartheid!
Sus encantadores movimientos de ser petrificado me sedujeron, y por poco caí en la trampa, por eso es que moví mis peones para cubrir mi vanguardia. Ella no tardó en mover a su caballería de insultos y descortesías, pero la torre de mi quietud neutralizó los embates de toro. Prosiguió su ofensiva moviendo con sus cantos de estrella de pop a los prelados, y así venció a la caballería de mis caballerosos actos.
De la muerte de aquél, vino la resurrección, seis años después de haber sido enterrado bajo aquella suntuosa lápida que el olvido da a quien absorbe en sus entrañas de color sangre y arena. De nuevo veía las falaces sonrisas de los contemporáneos; los gritos suicidas por vida incrédula que exigían la galante entrada de la indiferencia y mezquindad que procede del narcótico visual de las apariencias. Miradas blancas oscurecidas por la brillantez nítida de la personalidad, royendo el morbo en los cuerpos decapitados de dioses, ninfas y deseos.
El levante del rey fue la apoteosis a la incredulidad de la sinrazón. ¿Por qué no descansé eternamente en los placeres líricos? ¿Por qué la vida debe de continuar? Esas fueron mis primeras palabras al ver el torbellino catastrófico de la inmundicia mundana de la inhumanidad humana, de la razón, de la praxis, de la existencia privatizada por capitales líquidos.
Me aterró ver la escena descrita por Quevedo, sin embargo, me dirigí a tomar venganza de mi muerte; sin embargo, aquella lejana reina se aseguró con mi olvidó, pues jamás le volví a ver, a menos que no fuese en el vértigo causado por el rayo de lucidez que me quemaba con aquella falsa sonrisa, aquella mirada, aquel olor a quenopodio.
Entre los objetos acompañantes para mi vida futura, alguien dejó un tablero de ajedréz, era de mármol y amatista. La base de las piezas era de lapislázuli. Su extensión no era muy grande, oscilaba entre el codo, y su peso no pasaba de una arroba. Era brillante como el material del que estaba hecho Rueda, y al mirar el tablero con las piezas, miré mi rostro multiplicado por treinta y siete veces. Treinta y siete escupitajos de realidad recién desenvuelta, treinta y siete sustos y suspiros.
Me levanté y me vestí con el traje de la incertidumbre, de la apatía que llevo en mi silencio al negarme rotundamente a vomitar conocimiento, a arengar con el culto, y así me dispuse, con este disfraz, a mezclarme con el mundo.
Tras jugar mi papel en este funesto escenario, que no era el que debía ser según la prognosis de la década de los ochenta, encontré un compañero de juego, un rival quizá, que irrumpiría en la tranquilidad de mezquita cercana a la costa, para iniciar una cruzada, sólo que se trataba de una batalla entre blancos. ¡Adiós al apartheid!
Sus encantadores movimientos de ser petrificado me sedujeron, y por poco caí en la trampa, por eso es que moví mis peones para cubrir mi vanguardia. Ella no tardó en mover a su caballería de insultos y descortesías, pero la torre de mi quietud neutralizó los embates de toro. Prosiguió su ofensiva moviendo con sus cantos de estrella de pop a los prelados, y así venció a la caballería de mis caballerosos actos.
Le dejé que destrozara mis peones uno a uno, sin embargo, mis alfiles alférez de la mente humana le hicieron una grave herida. Toma tus piezas y comienza, le recité en poemas, versos y rosas, sin embargo, su orgullo fue tal que decidió seguir así. Me recuperé un poco, gracias a la torre de la irracionalidad babélica que logró, creo yo, confundir su defensa, pero admito que nunca estuvo a merced de mis ataques, y yo en más de una ocasión pude caer, pero tal vez su inexperiencia, o su compasión, le hicieron dimitir el jaque mate de sus labios de ágata.
Al final, quedaron la torre de su orgullo, un alfil que caminaba tan indiferente como ella, ambos encerrados en soberbia, su reina, y el rey, contra mis torres de paz, mi reina, y mi rey. Estaba a punto de claudicar cuando vi la oportunidad de noquear a su alfil, su reina asesinó, a sangre fría, una de mis torres. El rey se guareció en la torre restante, después de eso mi reina mató a su torre y viceversa… los reyes quedaban a merced de sí mismos, y por voluntad real, fue menester de su excelencia moverse vacilante en el tablero, ambos jugamos, y de pronto la habitación oscura se llenó de bruma, y en el ajedréz éramos sólo los dos, ella contra mí y yo con ella. Mi voluntad era correr a abrazarle, en señal de gratitud por tan buena partida, desobedeciendo así las leyes del juego, pero sé que poseía algo que podría dar de nuevo muerte a mi ser, por eso no corrí.
Me levanté, y decidí dejarle mi tablero. Ella me sedujo con sus cortas palabras para seguir jugando, pero al verme en el tablero me di cuenta que el jugador era un juguete; eso me llenó de pánico escénico, y decidí retirarme con el empate. Insistió, me inquirió, me llamó cobarde, y seguí moviendo mi rey sabiendo que ya no podríamos causarnos más alegrías y daños. Se convirtió en una rutina, y al final me cansé de jugar.
No han pasado las eras en vano, pero aún así aprendí que en el empate, con sabor a derrota, fue posible aprender más, e incorporar así algo más al pesado y tortuoso cúmulo de experiencias. Las eras me han ayudado a olvidar el gélido beso del monstruo perverso de piedra, su voz, y su diminuto ser que paseaba a su rey sólo para divertirse...
Y en el futuro que hoy es presente, y que al evocarlo en palabras es pasado, encontré lo que tan ansiadamente busqué en la humanidad, ese pequeño hueco que tapia mi vida de los malestares de los seres de piedra, el rey no está muerto, ni en su mirada se posa el Apocalipsis. No reinará para conquistar por medio de la violencia.
El ser de piedra se quedará petrificado para la eternidad, idolatrando a seres que existen, pero que no son más que una mera apariencia pasajera, pero piedra y rey estarán como prisioneros del tiempo que va, como pasajeros de la eternidad; la quintaesencia de la indiferencia.
El gato y la mariposa

No ha pasado mucho tiempo desde que conocí a Lucía, una chica que llegó como un oasis a mi desértico panorama invadido por la indiferencia de la condición humana en un sistema posmoderno, y cuya manifestación en el salón de clases se demuestra en la apatía, en el bajo desempeño de los compañeros y en la pésima calidad de sus trabajos, pero parecen ser felices con su ignorancia… este es el estado del vacío.
Ella manifiesta una gran brillantez al interior de mi aula, y noto cómo sus formas de responder a mis interrogantes son esquivas, casi como no queriendo hacerlo, pero conciente del silencio que invade el aula cuando pregunto el porqué de las cosas. Parece taciturna, no ríe ni sonríe, no se junta con nadie… me recuerda a mis tiempos de estudiante y no pude evitar el remembrar mis actitudes, pero qué más da mi vida, cuando lo único que me importaba era equilibrar, de alguna forma, sus expectativas cognoscitivas y afectivas, pues el saber por la soberbia conduce a la soledad. ¿Tiene sentido la trascendencia histórica en la humanidad post mortem a cambio de una vida llena de reprimendas y evitarse las maravillosas virtudes que trae consigo el conocer las experiencias de quienes nos rodean?
Mi ética como docente me impedía meterme mucho en la vida de Lucía. A pesar de ello le di muchas referencias bibliográficas que le permitirían auto ayudarse como persona; intenté relacionarla con el grupo mediante la elaboración de trabajos en equipo. Estratégicamente le mandé con dos alumnos cuyo desempeño, (e indiferencia) eran elevados, me interesaba saber cómo haría una exposición sobre el modelo artístico de la paranoia crítica con ellos.
Fue una sorpresa el resultado, pues hizo una escenificación de una persona esquizofrénica que actuaba en el teatro, pero cuya obsesión logró que sus relaciones se fraguaran como una obra, al grado que su vida era eso: una obra de teatro y el resto del mundo la hacía de veces como el antagónico y otras como lo secundario. Fue una obra bastante interesante.
Al evaluar el desempeño pregunté la forma en que se había formulado esta exhibición, a lo que respondió que todo había sido obra suya, y que el resto se encargó de memorizar el libreto. No pregunté más y las exposiciones siguieron.
El año escolar había terminado y fue momento de entregar las evaluaciones. El protocolo que siempre he usado es el de enfrentar al alumno cara a cara y que justifique su evaluación de una forma ética y conciente de sus actos a lo largo del curso, pasaron todos ante mi, pero en el momento en el que le tocaba a Lucia, no entró, fue hasta el final cuando hizo acto de presencia.
--Perdone, profesor, pero comencé a ver manchas negras y fui al servicio médico. —dijo con un tono preocupado.
--No hay problema, ¿pero a qué se debe tu somatización? –Respondí.
--Tengo un poco de miedo por mi evaluación.
--¿Y por qué?
--Siento que no hice un buen curso con usted.
--¿Tan perfeccionista eres?
--Sí.
--¿Y a qué se debe esa búsqueda de la perfección en tu vida?
--Por qué tengo qué hacerlo, me presionan mucho en casa
--No hay porqué preocuparse, Lucía, tienes el puntaje más alto, si a eso te refieres. ¿Qué te lleva a esa frivolidad de tus respuestas?
--¿Qué esperaba cuando uno ha sido por quince años el patito feo?
--¿Qué te presiona?
--Mi padre… un eminente cardiólogo que luchó en contra de que estuviera aquí, frustrado de que sea su segunda hija y no haya seguido sus pasos.
Dicho esto, noté cómo bajó su rostro y miré como una lágrima jugueteaba en sus ojos protegidos por unos lentes de mica gruesa. No quise seguir preguntando pues comprendo las dificultades que estaba viviendo en ese momento.
--Puedes retirarte.
--Gracias.
Las vacaciones llegaron y con ellas el duro invierno se manifestaba con una furia colosal sobre la ciudad cubierta de nieve. Tapiado en mi casa no podía quitarme de la cabeza a Lucía, pues quería saber cómo se encontraba en estas fechas que tienden a ser duras para una persona cuyas relaciones familiares y sociales no son buenas, pero no pude rastrearla, tendría que esperar hasta el reinicio de las clases.
Veinticuatro de diciembre llegó, y había invitado a mi compañero de armas en el colegio, y colega docente del mismo instituto, Erick, a pasar el momento previo a nuestras respectivas hipocresías familiares. No pude evitar el contarle la experiencia con Lucia, y al final de mi relato me preguntó:
--¿Y por qué te preocupas por ella y no por el resto de tus antiguos ex alumnos?
-- Porque nadie manifestó tener conflictos en su núcleo familiar, salvo ella, además de que poco les importaba la vida… son felices con sus vidas así como están… ¿Tú no tuviste alguna simpatía por algún alumno en el estricto sentido cultural y saber las potencialidades ocultas que tienen? ¿Recuerdas que a más de un profesor llamamos “amigo” y que siempre nos apoyaba en todos los sentidos al grado de que, a pesar del pasar de los años, seguimos llamándoles “amigo”?
--¿Pretendes su amistad?
--Esas cosas se dan, pero me preocupa más que su creatividad se vaya al vacío, pues su relación con el mundo no es buena y eso le puede impedir muchas cosas que pueden generar frustraciones… además la vida es demasiado pesada como para vivirla angustiado. Comprendo que no me puedo meter en su vida, pero tal vez el mundo le niegue posibilidades por su soberbia, mi misión sería comprender un poco su mundo y hacerle entrar en razón, de que la indiferencia, el orgullo y su soberbia erudita no le llevarán a nada bueno. ¿Recuerdas cómo era yo y cómo intervino el profesor Manuel cuando...?
--Sí, entiendo perfectamente.
La reunión terminó, y con un asombroso y estoico esfuerzo, me presenté en casa de los familiares a los que nunca veo. Gente ignota y hologramática a la cual no entiendo. Sin más pormenores, estaba ya de vuelta en el instituto en el “primer” día de clases.
Pasaron dos semanas para encontrar a Lucía de vuelta por la escuela, se pasó de largo y no saludó, fui yo quien le llamó, pero la charla fue casi nula, pues su molestia, estado natural, lo impidió. Su saludo fue muy esquivo y parecía que no tenía ganas de conversar, así que le dejé en paz.
Días después tuve que salir a recoger al aeropuerto a unos colegas que venían de Buenos Aires, así que aproveché para darles un tour express. Fue inevitable visitar el centro de la ciudad, y allí miré un libro que me había dado mi profesor, y amigo, Manuel, a leer, se llamaba “Colección de Fábulas” escrito por Hernando de Benavente, lo compré con la intención de dárselo a Lucía e indicarle que leyera “El gato y la Mariposa”, pues tal vez podría ayudarle a re-pensarse en-el-mundo y con-el-mundo.
Varios intentos realicé para hablar con ella, siempre le veía caminando de forma rápida, con la cabeza siempre mirando hacia el suelo, y abriéndose paso entre la multitud a base de empujones y mamporros. Una vez corrí el riesgo de caminar junto a ella con la intención de saber de ella:
--Hola Lucia, ¿cómo estás?
--¡Estoy!
--¿Y cómo te sientes?
--Me siento.
--¿Por qué eres así? ¿Acaso te he hecho algo?
--No
--¿Te pasa algo? ¿Hay algo que pueda hacer por vos?
--No hay nada que el tiempo no pueda solucionar
--¿Por qué eres así?—Insistí
--Es un mecanismo de defensa para que no me dañen
--¿Y no te dañas al alejarte de la gente? Si sirve de algo, te doy mi palabra que no pretendo algo malo contigo. Comprendo que en tu vida te han dañado y de alguna forma me identifico contigo… trato de entenderte pero no sé porqué alejas a la gente que cree en ti y que intenta alegrar un poco tu día. ¿Y tus amigos?
--No tengo, no hay amigos… y mucho menos tengo novios.
--La gente sólo quiere conocerte
--Ni siquiera mis padres me conocen, sólo mi hermana y eso me basta.
Seguía caminando al lado de ella, ya no quise decirle más, pues noté su molestia… era una lástima que una gran alumna llegara a cerrarse de una forma tan hermética y cometiera un sin fin de contradicciones en conversaciones posteriores que no tiene caso mencionar, pues la memoria de este viejo ya es mala.
Esperé al “final” de ese periodo y recuerdo que le busqué, y al verla le dije:
--¿Me regalas un minuto?
--No.
--Sólo es un minuto, tengo algo para ti
--Está bien.
--Te quiero dar este libro. –Expresé mientras lo sacaba de mi viejo portafolio. --Sé que te gustará. Y aprovecho para decirte que ya no te molestaré más. Carpe Diem Lucía… menudo uso de la razón que hace, pensé.
Ella me miró a los ojos con extrañeza, mientras yo le daba una palmada en su hombro izquierdo, y después me retiré. No hubo un agradecimiento, así como tampoco resentimiento por ello.
Pasaron los años y traté a centenares de alumnos cuyas brechas generacionales eran muy diversas y complejas que me llevaron a replantear mis estrategias docentes muchas veces, y me encontré con muchas personas como Lucía. Al principio puse el mismo empeño que a ella, pero caí en la cuenta con los años que en mi inexperiencia docente pretendía luchar contra algo que no podía, contra la indiferencia, contra el hedonismo, contra el orgullo… contra el vacío. Mi lucha fue en vano, así que dejé de hacerlo.
Tuve efímeras amistades que buscaban ayuda, pero que no ofrecían nada. No pude seguir con el ejemplo de mis fallecidos amigos-docentes, con los que compartí varias charlas encarnizadas, las viandas, el vino y la vida. Sólo restábamos Erick y yo, los últimos bastiones de aquel instituto en decadencia… envejecidos, sin fuerzas y sin ánimos de luchar en contra de la vorágine.
Después de nuestra salida del instituto, Erick y yo nos reuníamos en una vieja cafetería todos los sábados, desde el alba hasta el ocaso, a disputarnos la supremacía lúdica que conlleva el ajedrez, el billar y el dominó, recordando los viejos tiempos con Manuel, Víctor, Luis, y Jaime hablando de teorías, del mundo, de la sociedad… y esperando a mi amigo, una mujer se acercó preguntándome si era quien era.
--Ya no sé si soy yo, pero depende de quien le busqué
--Soy Lucía, y tengo para usted.
--No sé si quiera recibirlo. —Dije con tono indiferente.
--¿Por qué me vigilas con esa mirada inquisitiva?
Es que tu vuelo me hipnotiza
Aléjate de mí, pues temo que dañes mi belleza y mi integridad.
No puedo, porque a mis pupilas no escapa tu colorido, no podré ignorarte
Déjame sola.
No te quiero dañar, al contrario, quisiera seguirte en tu vuelo vacilante.
¿Qué es lo que buscas?
A ti te busco, eres el ser más bello que he visto.
Eso ya lo sé.
Y si lo sabes ¿por qué escondes tu belleza?
Porque es sólo mía y de nadie más.
Vaya que vuelas alto, ¿cómo te muestro que no te dañaré?
Yéndote de aquí.
Si esa es la forma, así lo haré.
Y el gato se retiró, la mariposa voló, pero una vez, siendo acechada por un niño mientras ella pululaba en un páramo jardín público; pidió auxilio. Y el gato al escucharla corrió a ayudarle. Le tomó por el hocico mientras el infante se disponía a pisarla. Un maullido estrepitoso hizo que la mariposa volara otra vez hacia su libertad, y el gato corrió lo más que pudo en dirección contraria. La mariposa lo encontró sollozando en un callejón y le dijo:
¿Estás bien? ¿Por qué corriste a defenderme?
Estoy bien, pero me duele mi cola… y lo hice porque eres el ser más bello que he visto y no merecías morir así. El que no te comprendan no implica que te quieran dañar.
Tiempo después, se le veía al gato en la copa de un sauce, siempre junto a la mariposa.
Y dime amiga ¿cómo es el mundo visto cuando aleteas coquetamente en el viento?
No hay mucha diferencia entre lo que yo veo y lo que tu vez, amigo
Hernando de Benavente. –Concluyó Lucía mientras esbozaba una sonrisa.
Me sorprendió que recitara de memoria la última parte de la fábula de Benavente, pero que podía esperar de una persona cuyas capacidades de memorizar guiones teatrales era magistral.
--Gracias. –Le dije.
--No, gracias a usted, maestro. Tal vez en aquellos años me cerré muchas posibilidades, pero su libro me ayudó a confiar en mí misma y comprendí tardíamente lo que me decía.
--Un viejo sociólogo decía que la piedra angular de la civilización era la afectividad, si te sientes querido, y si te quieres a ti mismo, tu desempeño en todo lo que hagas será óptimo.
--Siempre con sus citas, ya debo irme, espero que me disculpe por los errores del pasado
--¿Debo perdonarte por ser tú?
--¿Lo veré de nuevo?
--Sí. —Respondí con melancolía, sabiendo que le mentía
--Hasta luego, profesor.
--Hasta siempre, Lucía.
Y se retiró, pero quien nunca llegó a la cita fue mi amigo Erick.
Ella manifiesta una gran brillantez al interior de mi aula, y noto cómo sus formas de responder a mis interrogantes son esquivas, casi como no queriendo hacerlo, pero conciente del silencio que invade el aula cuando pregunto el porqué de las cosas. Parece taciturna, no ríe ni sonríe, no se junta con nadie… me recuerda a mis tiempos de estudiante y no pude evitar el remembrar mis actitudes, pero qué más da mi vida, cuando lo único que me importaba era equilibrar, de alguna forma, sus expectativas cognoscitivas y afectivas, pues el saber por la soberbia conduce a la soledad. ¿Tiene sentido la trascendencia histórica en la humanidad post mortem a cambio de una vida llena de reprimendas y evitarse las maravillosas virtudes que trae consigo el conocer las experiencias de quienes nos rodean?
Mi ética como docente me impedía meterme mucho en la vida de Lucía. A pesar de ello le di muchas referencias bibliográficas que le permitirían auto ayudarse como persona; intenté relacionarla con el grupo mediante la elaboración de trabajos en equipo. Estratégicamente le mandé con dos alumnos cuyo desempeño, (e indiferencia) eran elevados, me interesaba saber cómo haría una exposición sobre el modelo artístico de la paranoia crítica con ellos.
Fue una sorpresa el resultado, pues hizo una escenificación de una persona esquizofrénica que actuaba en el teatro, pero cuya obsesión logró que sus relaciones se fraguaran como una obra, al grado que su vida era eso: una obra de teatro y el resto del mundo la hacía de veces como el antagónico y otras como lo secundario. Fue una obra bastante interesante.
Al evaluar el desempeño pregunté la forma en que se había formulado esta exhibición, a lo que respondió que todo había sido obra suya, y que el resto se encargó de memorizar el libreto. No pregunté más y las exposiciones siguieron.
El año escolar había terminado y fue momento de entregar las evaluaciones. El protocolo que siempre he usado es el de enfrentar al alumno cara a cara y que justifique su evaluación de una forma ética y conciente de sus actos a lo largo del curso, pasaron todos ante mi, pero en el momento en el que le tocaba a Lucia, no entró, fue hasta el final cuando hizo acto de presencia.
--Perdone, profesor, pero comencé a ver manchas negras y fui al servicio médico. —dijo con un tono preocupado.
--No hay problema, ¿pero a qué se debe tu somatización? –Respondí.
--Tengo un poco de miedo por mi evaluación.
--¿Y por qué?
--Siento que no hice un buen curso con usted.
--¿Tan perfeccionista eres?
--Sí.
--¿Y a qué se debe esa búsqueda de la perfección en tu vida?
--Por qué tengo qué hacerlo, me presionan mucho en casa
--No hay porqué preocuparse, Lucía, tienes el puntaje más alto, si a eso te refieres. ¿Qué te lleva a esa frivolidad de tus respuestas?
--¿Qué esperaba cuando uno ha sido por quince años el patito feo?
--¿Qué te presiona?
--Mi padre… un eminente cardiólogo que luchó en contra de que estuviera aquí, frustrado de que sea su segunda hija y no haya seguido sus pasos.
Dicho esto, noté cómo bajó su rostro y miré como una lágrima jugueteaba en sus ojos protegidos por unos lentes de mica gruesa. No quise seguir preguntando pues comprendo las dificultades que estaba viviendo en ese momento.
--Puedes retirarte.
--Gracias.
Las vacaciones llegaron y con ellas el duro invierno se manifestaba con una furia colosal sobre la ciudad cubierta de nieve. Tapiado en mi casa no podía quitarme de la cabeza a Lucía, pues quería saber cómo se encontraba en estas fechas que tienden a ser duras para una persona cuyas relaciones familiares y sociales no son buenas, pero no pude rastrearla, tendría que esperar hasta el reinicio de las clases.
Veinticuatro de diciembre llegó, y había invitado a mi compañero de armas en el colegio, y colega docente del mismo instituto, Erick, a pasar el momento previo a nuestras respectivas hipocresías familiares. No pude evitar el contarle la experiencia con Lucia, y al final de mi relato me preguntó:
--¿Y por qué te preocupas por ella y no por el resto de tus antiguos ex alumnos?
-- Porque nadie manifestó tener conflictos en su núcleo familiar, salvo ella, además de que poco les importaba la vida… son felices con sus vidas así como están… ¿Tú no tuviste alguna simpatía por algún alumno en el estricto sentido cultural y saber las potencialidades ocultas que tienen? ¿Recuerdas que a más de un profesor llamamos “amigo” y que siempre nos apoyaba en todos los sentidos al grado de que, a pesar del pasar de los años, seguimos llamándoles “amigo”?
--¿Pretendes su amistad?
--Esas cosas se dan, pero me preocupa más que su creatividad se vaya al vacío, pues su relación con el mundo no es buena y eso le puede impedir muchas cosas que pueden generar frustraciones… además la vida es demasiado pesada como para vivirla angustiado. Comprendo que no me puedo meter en su vida, pero tal vez el mundo le niegue posibilidades por su soberbia, mi misión sería comprender un poco su mundo y hacerle entrar en razón, de que la indiferencia, el orgullo y su soberbia erudita no le llevarán a nada bueno. ¿Recuerdas cómo era yo y cómo intervino el profesor Manuel cuando...?
--Sí, entiendo perfectamente.
La reunión terminó, y con un asombroso y estoico esfuerzo, me presenté en casa de los familiares a los que nunca veo. Gente ignota y hologramática a la cual no entiendo. Sin más pormenores, estaba ya de vuelta en el instituto en el “primer” día de clases.
Pasaron dos semanas para encontrar a Lucía de vuelta por la escuela, se pasó de largo y no saludó, fui yo quien le llamó, pero la charla fue casi nula, pues su molestia, estado natural, lo impidió. Su saludo fue muy esquivo y parecía que no tenía ganas de conversar, así que le dejé en paz.
Días después tuve que salir a recoger al aeropuerto a unos colegas que venían de Buenos Aires, así que aproveché para darles un tour express. Fue inevitable visitar el centro de la ciudad, y allí miré un libro que me había dado mi profesor, y amigo, Manuel, a leer, se llamaba “Colección de Fábulas” escrito por Hernando de Benavente, lo compré con la intención de dárselo a Lucía e indicarle que leyera “El gato y la Mariposa”, pues tal vez podría ayudarle a re-pensarse en-el-mundo y con-el-mundo.
Varios intentos realicé para hablar con ella, siempre le veía caminando de forma rápida, con la cabeza siempre mirando hacia el suelo, y abriéndose paso entre la multitud a base de empujones y mamporros. Una vez corrí el riesgo de caminar junto a ella con la intención de saber de ella:
--Hola Lucia, ¿cómo estás?
--¡Estoy!
--¿Y cómo te sientes?
--Me siento.
--¿Por qué eres así? ¿Acaso te he hecho algo?
--No
--¿Te pasa algo? ¿Hay algo que pueda hacer por vos?
--No hay nada que el tiempo no pueda solucionar
--¿Por qué eres así?—Insistí
--Es un mecanismo de defensa para que no me dañen
--¿Y no te dañas al alejarte de la gente? Si sirve de algo, te doy mi palabra que no pretendo algo malo contigo. Comprendo que en tu vida te han dañado y de alguna forma me identifico contigo… trato de entenderte pero no sé porqué alejas a la gente que cree en ti y que intenta alegrar un poco tu día. ¿Y tus amigos?
--No tengo, no hay amigos… y mucho menos tengo novios.
--La gente sólo quiere conocerte
--Ni siquiera mis padres me conocen, sólo mi hermana y eso me basta.
Seguía caminando al lado de ella, ya no quise decirle más, pues noté su molestia… era una lástima que una gran alumna llegara a cerrarse de una forma tan hermética y cometiera un sin fin de contradicciones en conversaciones posteriores que no tiene caso mencionar, pues la memoria de este viejo ya es mala.
Esperé al “final” de ese periodo y recuerdo que le busqué, y al verla le dije:
--¿Me regalas un minuto?
--No.
--Sólo es un minuto, tengo algo para ti
--Está bien.
--Te quiero dar este libro. –Expresé mientras lo sacaba de mi viejo portafolio. --Sé que te gustará. Y aprovecho para decirte que ya no te molestaré más. Carpe Diem Lucía… menudo uso de la razón que hace, pensé.
Ella me miró a los ojos con extrañeza, mientras yo le daba una palmada en su hombro izquierdo, y después me retiré. No hubo un agradecimiento, así como tampoco resentimiento por ello.
Pasaron los años y traté a centenares de alumnos cuyas brechas generacionales eran muy diversas y complejas que me llevaron a replantear mis estrategias docentes muchas veces, y me encontré con muchas personas como Lucía. Al principio puse el mismo empeño que a ella, pero caí en la cuenta con los años que en mi inexperiencia docente pretendía luchar contra algo que no podía, contra la indiferencia, contra el hedonismo, contra el orgullo… contra el vacío. Mi lucha fue en vano, así que dejé de hacerlo.
Tuve efímeras amistades que buscaban ayuda, pero que no ofrecían nada. No pude seguir con el ejemplo de mis fallecidos amigos-docentes, con los que compartí varias charlas encarnizadas, las viandas, el vino y la vida. Sólo restábamos Erick y yo, los últimos bastiones de aquel instituto en decadencia… envejecidos, sin fuerzas y sin ánimos de luchar en contra de la vorágine.
Después de nuestra salida del instituto, Erick y yo nos reuníamos en una vieja cafetería todos los sábados, desde el alba hasta el ocaso, a disputarnos la supremacía lúdica que conlleva el ajedrez, el billar y el dominó, recordando los viejos tiempos con Manuel, Víctor, Luis, y Jaime hablando de teorías, del mundo, de la sociedad… y esperando a mi amigo, una mujer se acercó preguntándome si era quien era.
--Ya no sé si soy yo, pero depende de quien le busqué
--Soy Lucía, y tengo para usted.
--No sé si quiera recibirlo. —Dije con tono indiferente.
--¿Por qué me vigilas con esa mirada inquisitiva?
Es que tu vuelo me hipnotiza
Aléjate de mí, pues temo que dañes mi belleza y mi integridad.
No puedo, porque a mis pupilas no escapa tu colorido, no podré ignorarte
Déjame sola.
No te quiero dañar, al contrario, quisiera seguirte en tu vuelo vacilante.
¿Qué es lo que buscas?
A ti te busco, eres el ser más bello que he visto.
Eso ya lo sé.
Y si lo sabes ¿por qué escondes tu belleza?
Porque es sólo mía y de nadie más.
Vaya que vuelas alto, ¿cómo te muestro que no te dañaré?
Yéndote de aquí.
Si esa es la forma, así lo haré.
Y el gato se retiró, la mariposa voló, pero una vez, siendo acechada por un niño mientras ella pululaba en un páramo jardín público; pidió auxilio. Y el gato al escucharla corrió a ayudarle. Le tomó por el hocico mientras el infante se disponía a pisarla. Un maullido estrepitoso hizo que la mariposa volara otra vez hacia su libertad, y el gato corrió lo más que pudo en dirección contraria. La mariposa lo encontró sollozando en un callejón y le dijo:
¿Estás bien? ¿Por qué corriste a defenderme?
Estoy bien, pero me duele mi cola… y lo hice porque eres el ser más bello que he visto y no merecías morir así. El que no te comprendan no implica que te quieran dañar.
Tiempo después, se le veía al gato en la copa de un sauce, siempre junto a la mariposa.
Y dime amiga ¿cómo es el mundo visto cuando aleteas coquetamente en el viento?
No hay mucha diferencia entre lo que yo veo y lo que tu vez, amigo
Hernando de Benavente. –Concluyó Lucía mientras esbozaba una sonrisa.
Me sorprendió que recitara de memoria la última parte de la fábula de Benavente, pero que podía esperar de una persona cuyas capacidades de memorizar guiones teatrales era magistral.
--Gracias. –Le dije.
--No, gracias a usted, maestro. Tal vez en aquellos años me cerré muchas posibilidades, pero su libro me ayudó a confiar en mí misma y comprendí tardíamente lo que me decía.
--Un viejo sociólogo decía que la piedra angular de la civilización era la afectividad, si te sientes querido, y si te quieres a ti mismo, tu desempeño en todo lo que hagas será óptimo.
--Siempre con sus citas, ya debo irme, espero que me disculpe por los errores del pasado
--¿Debo perdonarte por ser tú?
--¿Lo veré de nuevo?
--Sí. —Respondí con melancolía, sabiendo que le mentía
--Hasta luego, profesor.
--Hasta siempre, Lucía.
Y se retiró, pero quien nunca llegó a la cita fue mi amigo Erick.
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2007,
Escrito,
junio 2,
regalo Alfonsina,
trabajo escolar
Benaventástico
La guadaña de la luna ha cercenado el último halo de la luz diurna, y las estrellas que atestiguaron la masacre, se burlan una a una, plasmando la brillantez de su malévola sonrisa en el oscuro lienzo de la noche, que es cama y cobija de los ignotos monstruos fornicadores del alma; no existe nombre ni apellido, sólo el frenesí desmedido al que se entregan. No importa el rostro, sólo buscan la satisfacción de sus más animalescos instintos… o pulsiones.Tras la oscuridad, sólo me queda tapiarme en ese amor intermitente de tu ser, en el recuerdo de lo que un día fuiste, y si me es posible, guarecerme en el búnker que sólo la privacidad ofrece, acompañado por mil luciérnagas que se encienden y se apagan al pasar por mis labios sedientos de justicia y libertad, y en cuyo vuelo me veo extraviado en un torrente interminable de sílabas y vocales que forman tu nombre por centenares. Eterna quemadura de un fugaz relámpago del recuerdo.
De la obsesión pasé al sueño, en donde puedo construir con libertad y romper con la estética imperante de la belleza: mi mundo, es pues, una ínsula cubierta de millones de granitos de arena piramidales. Por sol, un cubo verde en cuyo centro está un ojo, que a veces se le ve llorar, otras, está cerrado, pues no quiere mirar las atrocidades del otro mundo que llega a trastocar al mío. A veces se le ve sereno, otras, cuando la calma está presente, simplemente descansa, pero siempre está allí, eterno guía y vigilante del mundo futuro
Por cielo tengo una hojarasca perpetua, y por mar, el carmesí de sus labios, en el cual, siempre busco la ambrosía que me llevará a la divinal magia de su real presencia, mas el consuelo es su suave beso sobre el peñasco de la incertidumbre, que me refresca con una suave brisa, además de mantenerme ocupado mientras pienso en la forma de llegar allí ¿a dónde? A la tierra prometida, allá a donde debo llegar a costa de abandonarlo todo y abandonarme.
Postrado en el letargo, infinito lapso, me pienso en ese lugar al cual llegaré. Mientras tanto, una solitaria lágrima vacilante se desliza hábilmente por mi mejilla tiznada por el polvo de las ruinas de mis sueños, derrumbados por el cañón de la sinrazón, saqueados y ultrajados por los más pérfidos personajes de la historia de una vida no histórica, mas bien histriónica, para todos aquellos con los que compartí un trocito de ingenua intimidad. Ellos destruyeron mis sueños, menos aquél de llegar a la tierra paradisíaca… la voluntad y el viento secaron mi lágrima.
Tendido en la arena, comencé a hacer letras, formando palabras sin sentido, pues aquí nada importa. La lógica seguía extraviada cuando una espesa niebla oscureció súbitamente mi santuario, y por la costa llegaba una galera, un bergantín y un galeón, de este último bajó el padre, vestido de magenta, detrás de él, el hijo, con oscuros ropajes, y de los otros dos navíos, una interminable tropa de seguidores, aduladores y oportunistas que obedecían sus órdenes; una legión que lo destrozó todo. Al ver el saqueo, opté por entregarme, pues no valía la destrucción de mi último y único rincón.
Padre e hijo no dijeron palabra alguna, el primero disparó un arpón hacia mi sol y le dio a la distraída pupila del ojo, y el hijo se dirigía a occidente, contento porque a pesar de haber destruido mi más preciado tesoro, me alejaba de lo poco que me mantenía vivo. Ya no había hojarasca, sólo caían los putrefactos cuerpos de los santos del cielo, y bajo esa dantesca imagen, me condujeron a un punto en el mar, y fui arrojado a un remolino que me absorbió, el cual me empujó de nuevo al mundo del cual me había fugado. El vortex se selló para siempre.
El alba despuntaba, un violín lloraba, un piano se estremecía nota a nota y una guitarra se moría en un cantar absurdo, ya no hay escondites ni convites. Es hora de la eterna guerra con el espejo, con el otro y contra uno mismo, confirmándose así las fronteras de la existencia, la belleza y el poder; es hora de regresar al mundo del aprendizaje y no al del análisis crítico, de vuelta al mundo de la burocracia y la ignominia que se ahoga en la apatía unánime de la humanidad… esa pseudo utopía que la humanidad construyó para sí misma.
La hora de irse ha llegado, y en trono de la sabiduría se encuentran padre e hijo confabulando en contra de otro como yo ¿quién o qué soy yo? En veintitantos años jamás he podido responderme ¿qué me confiere usted en el acontecer diario? ¿Nada? Entonces eso es lo que soy, pero sólo para usted, amable enemigo, indiferente compañero en la masa, el espacio y el tiempo.
Hernando de Benavente
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