martes, 14 de septiembre de 2010

México XXI. I

Los símbolos patrios son la herencia de aquellos libertadores que con su vida nos dieron la libertad. Hoy, estos ideales no son más que el reflejo decadente de esos hombres, como si estuvieran vivos. ¿Quién puede vivir 200 años?

Son los colores de esta bandera una metáfora de lo que ha simbolizado esta tierra. Modificada al antojo de cualquiera que era presidente. Mentían a su juramento cuando por ella juraban el bienestar de esta tierra, pero un pedazo de tela no tiene conciencia… ni siquiera la nación que en teoría le demandaría en sus faltas.

Así, la intersubjetividad de los habitantes da un significado a cada color de la bandera, hoy, a dos siglos del inicio de esa “Independencia” esta es la versión más ad hoc que puedo encontrar:

Verde. Los campos olvidados por nuestros gobiernos. Campos que fueron reactivados para la siembra de Marihuana.

Blanco. Representa el color histórico de la mentalidad de nuestros gobernantes desde Agustín I de Iturbide hasta la actual administración. (De hecho cada nopal representa a los presidentes de nuestra historia, pero eso lo veremos más adelante con el escudo).

Rojo. Es el recordatorio de los errores del pasado, de las horridas muertes de inocentes cuya sangre es derramada por una milicia que no defiende a su patria… por gobernantes fanáticos de la sangre.

martes, 7 de septiembre de 2010

El multiverso femenino (recta y curva)

Alma áurea, cubierta de arena.
El sol en esta tierra, y en la otra
admira la brillantez de tu aura.
Labios de ágata y carmesí
con dientes de perla y nácar.
Por aroma, la húmeda canela
Y cabellos de brillante ferberita.

Tu voz encierra el universo.
Es una sinfonía metálica,
rítmica de veces, otras honda;
eterna por su confines, firme…
y en tu mirada, la oscura materia;
fría por ocasiones, profunda y enigmática
Iluminada por todas las estrellas.

En el abrazo me fundo al calor de los soles
y la materia pierde su forma
porque la historia me ha devorado…
en el tiempo persiste el recuerdo.
¡Materia oscura que das sentido
a la existencia de todo!
Siempre oculta y desconocida
en la perpetua obra del orden y del caos.

Y en la tierra los hombres finitos observan
mas no comprenden tu misterio,
Hace siglos un hombre te observó
y tus secretos no descifró
¿qué ocultas, pícara dama,
bajo el velo de tu rostro?

Reflexiono y reflejo el gozo
de perderme en ese horizonte,
y desde este fragmento multiversal,
tan diáfano e ingrávido
vibro en la emoción dialéctica
de la parte, del todo
que compartimos en esta dimensión.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Sin Título

Javier camina con paso firme hacia la comisaría local. Se detiene un momento frente a la pequeña puerta. Respira hondo, hace una pausa mientras mira al interior de la oficina. El lugar está prácticamente vacío, sólo se encuentran dos policías, el ministerio público y su secretaria; parecería que el poblado era muy pacífico dado el nulo movimiento.
Entra al lugar y se dirige tímidamente hacia el escritorio del ministerio. Uno de los oficiales locales le sale al paso para dirigirse hacia él.

--¿Puedo ayudarle? – Preguntó el uniformado.

-- Ve… vengo a entregarme. – Respondió tartamudo.

--¿Por qué motivo?

-- Porque no tengo trabajo. La tierra que tenía la perdí y prefiero venir por mi voluntad… de todas formas mi destino es aquí.

-- ¡No sea ingenuo, viejito! Aquí a nadie se le arresta por eso. Pero puede pasar con la secretaria para que veamos lo de su tierra.

--Pero usted no entiende…

--No sea testarudo.

El policía acompañó a Javier con la secretaria para que le explicara lo ocurrido.

--Ahí te dejo a este viejito que quiere ser encerrado. – Expresó con sarcasmo el oficial.

--Dígame, ¿en qué le puedo ayudar? Inquirió amablemente la joven secretaria.

Y Javier comenzó a explicar la historia.

“Una vez, que estaba en mi milpa, llegó un hombre en una camioneta muy grande y reluciente. Lo acompañaban tres camionetas más. El hombre se quitó su sombrero y me pidió que sembrara una semilla. Yo le hice caso porque me pagaba bien. No sé qué era eso, pero a mi familia le convenía.

“Un día llegó de nuevo y me dijo que me necesitaba pa’l jale. Yo no podía decirle que no aunque no sabía qué era eso. Me subió a la camioneta y me llevó a un lugar. En la troca había muchas armas, de esas grandotas, y la verdad me dio miedo porque son peligrosas. Le dije que yo no quería saber nada y que me quería dedicar a mi milpa, pero me dijo que le era más útil en el pueblo que en el campo.

“Antes de bajarnos en un bar cerca del pueblo, me dio un paquete envuelto y me dijo que lo entregara al señor que atendía. Yo fui y, al salir del bar, bajaron muchos hombres de las otras camionetas, todos armados. A mí el güero me llevó donde estaba el señor y nos fuimos. Me dijo que ya no iría más a mi jacal con los míos, que me compraba la tierra y que a mi familia no le iba a faltar nada, me dejó en la carretera para por mis chivas… va a pasar por mí, pero mejor vine a entregarme antes de que pase algo.”

La secretaria se levantó y se dirigió al ministerio. Después de una conversación corta, él se levantó de su escritorio para dirigirse con el hombre.

Los dos se encerraron en la oficina de la secretaria.

-- Viejito, ya deje de tomar mezcal y váyase de aquí. Disfrute lo que viene y aprovéchelo, porque después se puede arrepentir.

-- Pero yo no quiero eso, de todas formas me van a meter al bote.

--No te meten, pero si andas así como ahora no la vas a contar, ¿entendiste?

--¡Métame preso!

--¿Quieres que te meta preso, cabrón? Pero no sales de aquí… y ni te doy mucho tiempo adentro.

--¿Qué no usted está aquí para proteger…?

--Aquí se protege la plata… ya lárgate antes de que le avise al gordo de que andas de soplón y te meta tus plomazos.

--Tú estás…

--A güevo… y ya sácate a la chingada o de plano no la cuentas ni tú ni tu familia. Y si “El gordo” te jaló, aplícate, que esto es bueno para todos. Porque yo aquí soy el chingón.

El agente levantó a Javier del asiento y lo empujó para la puerta.

--A ver, González, sácame a este pendejo que no lo quiero ver aquí. – Vociferó molestamente el agente.

El policía se acercó a Javier, para escoltarlo hacia la puerta, pero no habiendo dado más de cuatro pasos, Javier sacó de entre su camisa una pistola y le disparó al agente del ministerio público matándolo de un balazo en la cabeza.

Los guardias reaccionaron y dispararon varias veces al Javier, quien también cayó fulminado. Así, aquella comisaría rompió su quietud. El policía que iba a escoltar a Javier cerró las puertas y entre ellos se deshicieron de los cuerpos en uno de los talleres de “El Gordo”