viernes, 3 de septiembre de 2010

Sin Título

Javier camina con paso firme hacia la comisaría local. Se detiene un momento frente a la pequeña puerta. Respira hondo, hace una pausa mientras mira al interior de la oficina. El lugar está prácticamente vacío, sólo se encuentran dos policías, el ministerio público y su secretaria; parecería que el poblado era muy pacífico dado el nulo movimiento.
Entra al lugar y se dirige tímidamente hacia el escritorio del ministerio. Uno de los oficiales locales le sale al paso para dirigirse hacia él.

--¿Puedo ayudarle? – Preguntó el uniformado.

-- Ve… vengo a entregarme. – Respondió tartamudo.

--¿Por qué motivo?

-- Porque no tengo trabajo. La tierra que tenía la perdí y prefiero venir por mi voluntad… de todas formas mi destino es aquí.

-- ¡No sea ingenuo, viejito! Aquí a nadie se le arresta por eso. Pero puede pasar con la secretaria para que veamos lo de su tierra.

--Pero usted no entiende…

--No sea testarudo.

El policía acompañó a Javier con la secretaria para que le explicara lo ocurrido.

--Ahí te dejo a este viejito que quiere ser encerrado. – Expresó con sarcasmo el oficial.

--Dígame, ¿en qué le puedo ayudar? Inquirió amablemente la joven secretaria.

Y Javier comenzó a explicar la historia.

“Una vez, que estaba en mi milpa, llegó un hombre en una camioneta muy grande y reluciente. Lo acompañaban tres camionetas más. El hombre se quitó su sombrero y me pidió que sembrara una semilla. Yo le hice caso porque me pagaba bien. No sé qué era eso, pero a mi familia le convenía.

“Un día llegó de nuevo y me dijo que me necesitaba pa’l jale. Yo no podía decirle que no aunque no sabía qué era eso. Me subió a la camioneta y me llevó a un lugar. En la troca había muchas armas, de esas grandotas, y la verdad me dio miedo porque son peligrosas. Le dije que yo no quería saber nada y que me quería dedicar a mi milpa, pero me dijo que le era más útil en el pueblo que en el campo.

“Antes de bajarnos en un bar cerca del pueblo, me dio un paquete envuelto y me dijo que lo entregara al señor que atendía. Yo fui y, al salir del bar, bajaron muchos hombres de las otras camionetas, todos armados. A mí el güero me llevó donde estaba el señor y nos fuimos. Me dijo que ya no iría más a mi jacal con los míos, que me compraba la tierra y que a mi familia no le iba a faltar nada, me dejó en la carretera para por mis chivas… va a pasar por mí, pero mejor vine a entregarme antes de que pase algo.”

La secretaria se levantó y se dirigió al ministerio. Después de una conversación corta, él se levantó de su escritorio para dirigirse con el hombre.

Los dos se encerraron en la oficina de la secretaria.

-- Viejito, ya deje de tomar mezcal y váyase de aquí. Disfrute lo que viene y aprovéchelo, porque después se puede arrepentir.

-- Pero yo no quiero eso, de todas formas me van a meter al bote.

--No te meten, pero si andas así como ahora no la vas a contar, ¿entendiste?

--¡Métame preso!

--¿Quieres que te meta preso, cabrón? Pero no sales de aquí… y ni te doy mucho tiempo adentro.

--¿Qué no usted está aquí para proteger…?

--Aquí se protege la plata… ya lárgate antes de que le avise al gordo de que andas de soplón y te meta tus plomazos.

--Tú estás…

--A güevo… y ya sácate a la chingada o de plano no la cuentas ni tú ni tu familia. Y si “El gordo” te jaló, aplícate, que esto es bueno para todos. Porque yo aquí soy el chingón.

El agente levantó a Javier del asiento y lo empujó para la puerta.

--A ver, González, sácame a este pendejo que no lo quiero ver aquí. – Vociferó molestamente el agente.

El policía se acercó a Javier, para escoltarlo hacia la puerta, pero no habiendo dado más de cuatro pasos, Javier sacó de entre su camisa una pistola y le disparó al agente del ministerio público matándolo de un balazo en la cabeza.

Los guardias reaccionaron y dispararon varias veces al Javier, quien también cayó fulminado. Así, aquella comisaría rompió su quietud. El policía que iba a escoltar a Javier cerró las puertas y entre ellos se deshicieron de los cuerpos en uno de los talleres de “El Gordo”

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