jueves, 15 de enero de 2009

Dardos

Y en la corta razón que la palabra me ofrece, aunado a la memoria, llegué a comprender la posible belleza de compartir nuestras vidas. Mas en tu mirada hallé lo que siempre he encontrado en el Otro y tu voz reivindicó mi temor. Apelo a ella para cambiar la historia.

Has invadido mi pensamiento; el letargo disminuía al meditar otra vez. Tratando de comprenderte, caí en la cuenta de que éramos dos patitos feos. Si de mi dependiera, te daba la condición de bello cisne del lago, ¡pues en “el arroyo” ya lo eres!

En el laberinto de la vida nuestros caminos se bifurcaron. Tu rostro estaba oculto por un antifaz; era obvia tu soledad. Yo venía del desierto y al verte me mire en ti... me dispuse a seguirte, ¿pero por qué no caminar juntos, aunque fuese tan sólo un pequeño tramo de esta encrucijada?

Temo a tu arsenal, pues es más fuerte que una legión de centuriones romanos. Puedo dar batalla, pero prefiero bajar las armas y abrir las puertas de mi Reino, derrumbando con arietes mi muralla. Unamos esfuerzos para que este reino mejore, pues gente como tú es recordada en la eternidad por construir

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