La guadaña de la luna ha cercenado el último halo de la luz diurna, y las estrellas que atestiguaron la masacre, se burlan una a una, plasmando la brillantez de su malévola sonrisa en el oscuro lienzo de la noche, que es cama y cobija de los ignotos monstruos fornicadores del alma; no existe nombre ni apellido, sólo el frenesí desmedido al que se entregan. No importa el rostro, sólo buscan la satisfacción de sus más animalescos instintos… o pulsiones.Tras la oscuridad, sólo me queda tapiarme en ese amor intermitente de tu ser, en el recuerdo de lo que un día fuiste, y si me es posible, guarecerme en el búnker que sólo la privacidad ofrece, acompañado por mil luciérnagas que se encienden y se apagan al pasar por mis labios sedientos de justicia y libertad, y en cuyo vuelo me veo extraviado en un torrente interminable de sílabas y vocales que forman tu nombre por centenares. Eterna quemadura de un fugaz relámpago del recuerdo.
De la obsesión pasé al sueño, en donde puedo construir con libertad y romper con la estética imperante de la belleza: mi mundo, es pues, una ínsula cubierta de millones de granitos de arena piramidales. Por sol, un cubo verde en cuyo centro está un ojo, que a veces se le ve llorar, otras, está cerrado, pues no quiere mirar las atrocidades del otro mundo que llega a trastocar al mío. A veces se le ve sereno, otras, cuando la calma está presente, simplemente descansa, pero siempre está allí, eterno guía y vigilante del mundo futuro
Por cielo tengo una hojarasca perpetua, y por mar, el carmesí de sus labios, en el cual, siempre busco la ambrosía que me llevará a la divinal magia de su real presencia, mas el consuelo es su suave beso sobre el peñasco de la incertidumbre, que me refresca con una suave brisa, además de mantenerme ocupado mientras pienso en la forma de llegar allí ¿a dónde? A la tierra prometida, allá a donde debo llegar a costa de abandonarlo todo y abandonarme.
Postrado en el letargo, infinito lapso, me pienso en ese lugar al cual llegaré. Mientras tanto, una solitaria lágrima vacilante se desliza hábilmente por mi mejilla tiznada por el polvo de las ruinas de mis sueños, derrumbados por el cañón de la sinrazón, saqueados y ultrajados por los más pérfidos personajes de la historia de una vida no histórica, mas bien histriónica, para todos aquellos con los que compartí un trocito de ingenua intimidad. Ellos destruyeron mis sueños, menos aquél de llegar a la tierra paradisíaca… la voluntad y el viento secaron mi lágrima.
Tendido en la arena, comencé a hacer letras, formando palabras sin sentido, pues aquí nada importa. La lógica seguía extraviada cuando una espesa niebla oscureció súbitamente mi santuario, y por la costa llegaba una galera, un bergantín y un galeón, de este último bajó el padre, vestido de magenta, detrás de él, el hijo, con oscuros ropajes, y de los otros dos navíos, una interminable tropa de seguidores, aduladores y oportunistas que obedecían sus órdenes; una legión que lo destrozó todo. Al ver el saqueo, opté por entregarme, pues no valía la destrucción de mi último y único rincón.
Padre e hijo no dijeron palabra alguna, el primero disparó un arpón hacia mi sol y le dio a la distraída pupila del ojo, y el hijo se dirigía a occidente, contento porque a pesar de haber destruido mi más preciado tesoro, me alejaba de lo poco que me mantenía vivo. Ya no había hojarasca, sólo caían los putrefactos cuerpos de los santos del cielo, y bajo esa dantesca imagen, me condujeron a un punto en el mar, y fui arrojado a un remolino que me absorbió, el cual me empujó de nuevo al mundo del cual me había fugado. El vortex se selló para siempre.
El alba despuntaba, un violín lloraba, un piano se estremecía nota a nota y una guitarra se moría en un cantar absurdo, ya no hay escondites ni convites. Es hora de la eterna guerra con el espejo, con el otro y contra uno mismo, confirmándose así las fronteras de la existencia, la belleza y el poder; es hora de regresar al mundo del aprendizaje y no al del análisis crítico, de vuelta al mundo de la burocracia y la ignominia que se ahoga en la apatía unánime de la humanidad… esa pseudo utopía que la humanidad construyó para sí misma.
La hora de irse ha llegado, y en trono de la sabiduría se encuentran padre e hijo confabulando en contra de otro como yo ¿quién o qué soy yo? En veintitantos años jamás he podido responderme ¿qué me confiere usted en el acontecer diario? ¿Nada? Entonces eso es lo que soy, pero sólo para usted, amable enemigo, indiferente compañero en la masa, el espacio y el tiempo.
Hernando de Benavente
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