
No ha pasado mucho tiempo desde que conocí a Lucía, una chica que llegó como un oasis a mi desértico panorama invadido por la indiferencia de la condición humana en un sistema posmoderno, y cuya manifestación en el salón de clases se demuestra en la apatía, en el bajo desempeño de los compañeros y en la pésima calidad de sus trabajos, pero parecen ser felices con su ignorancia… este es el estado del vacío.
Ella manifiesta una gran brillantez al interior de mi aula, y noto cómo sus formas de responder a mis interrogantes son esquivas, casi como no queriendo hacerlo, pero conciente del silencio que invade el aula cuando pregunto el porqué de las cosas. Parece taciturna, no ríe ni sonríe, no se junta con nadie… me recuerda a mis tiempos de estudiante y no pude evitar el remembrar mis actitudes, pero qué más da mi vida, cuando lo único que me importaba era equilibrar, de alguna forma, sus expectativas cognoscitivas y afectivas, pues el saber por la soberbia conduce a la soledad. ¿Tiene sentido la trascendencia histórica en la humanidad post mortem a cambio de una vida llena de reprimendas y evitarse las maravillosas virtudes que trae consigo el conocer las experiencias de quienes nos rodean?
Mi ética como docente me impedía meterme mucho en la vida de Lucía. A pesar de ello le di muchas referencias bibliográficas que le permitirían auto ayudarse como persona; intenté relacionarla con el grupo mediante la elaboración de trabajos en equipo. Estratégicamente le mandé con dos alumnos cuyo desempeño, (e indiferencia) eran elevados, me interesaba saber cómo haría una exposición sobre el modelo artístico de la paranoia crítica con ellos.
Fue una sorpresa el resultado, pues hizo una escenificación de una persona esquizofrénica que actuaba en el teatro, pero cuya obsesión logró que sus relaciones se fraguaran como una obra, al grado que su vida era eso: una obra de teatro y el resto del mundo la hacía de veces como el antagónico y otras como lo secundario. Fue una obra bastante interesante.
Al evaluar el desempeño pregunté la forma en que se había formulado esta exhibición, a lo que respondió que todo había sido obra suya, y que el resto se encargó de memorizar el libreto. No pregunté más y las exposiciones siguieron.
El año escolar había terminado y fue momento de entregar las evaluaciones. El protocolo que siempre he usado es el de enfrentar al alumno cara a cara y que justifique su evaluación de una forma ética y conciente de sus actos a lo largo del curso, pasaron todos ante mi, pero en el momento en el que le tocaba a Lucia, no entró, fue hasta el final cuando hizo acto de presencia.
--Perdone, profesor, pero comencé a ver manchas negras y fui al servicio médico. —dijo con un tono preocupado.
--No hay problema, ¿pero a qué se debe tu somatización? –Respondí.
--Tengo un poco de miedo por mi evaluación.
--¿Y por qué?
--Siento que no hice un buen curso con usted.
--¿Tan perfeccionista eres?
--Sí.
--¿Y a qué se debe esa búsqueda de la perfección en tu vida?
--Por qué tengo qué hacerlo, me presionan mucho en casa
--No hay porqué preocuparse, Lucía, tienes el puntaje más alto, si a eso te refieres. ¿Qué te lleva a esa frivolidad de tus respuestas?
--¿Qué esperaba cuando uno ha sido por quince años el patito feo?
--¿Qué te presiona?
--Mi padre… un eminente cardiólogo que luchó en contra de que estuviera aquí, frustrado de que sea su segunda hija y no haya seguido sus pasos.
Dicho esto, noté cómo bajó su rostro y miré como una lágrima jugueteaba en sus ojos protegidos por unos lentes de mica gruesa. No quise seguir preguntando pues comprendo las dificultades que estaba viviendo en ese momento.
--Puedes retirarte.
--Gracias.
Las vacaciones llegaron y con ellas el duro invierno se manifestaba con una furia colosal sobre la ciudad cubierta de nieve. Tapiado en mi casa no podía quitarme de la cabeza a Lucía, pues quería saber cómo se encontraba en estas fechas que tienden a ser duras para una persona cuyas relaciones familiares y sociales no son buenas, pero no pude rastrearla, tendría que esperar hasta el reinicio de las clases.
Veinticuatro de diciembre llegó, y había invitado a mi compañero de armas en el colegio, y colega docente del mismo instituto, Erick, a pasar el momento previo a nuestras respectivas hipocresías familiares. No pude evitar el contarle la experiencia con Lucia, y al final de mi relato me preguntó:
--¿Y por qué te preocupas por ella y no por el resto de tus antiguos ex alumnos?
-- Porque nadie manifestó tener conflictos en su núcleo familiar, salvo ella, además de que poco les importaba la vida… son felices con sus vidas así como están… ¿Tú no tuviste alguna simpatía por algún alumno en el estricto sentido cultural y saber las potencialidades ocultas que tienen? ¿Recuerdas que a más de un profesor llamamos “amigo” y que siempre nos apoyaba en todos los sentidos al grado de que, a pesar del pasar de los años, seguimos llamándoles “amigo”?
--¿Pretendes su amistad?
--Esas cosas se dan, pero me preocupa más que su creatividad se vaya al vacío, pues su relación con el mundo no es buena y eso le puede impedir muchas cosas que pueden generar frustraciones… además la vida es demasiado pesada como para vivirla angustiado. Comprendo que no me puedo meter en su vida, pero tal vez el mundo le niegue posibilidades por su soberbia, mi misión sería comprender un poco su mundo y hacerle entrar en razón, de que la indiferencia, el orgullo y su soberbia erudita no le llevarán a nada bueno. ¿Recuerdas cómo era yo y cómo intervino el profesor Manuel cuando...?
--Sí, entiendo perfectamente.
La reunión terminó, y con un asombroso y estoico esfuerzo, me presenté en casa de los familiares a los que nunca veo. Gente ignota y hologramática a la cual no entiendo. Sin más pormenores, estaba ya de vuelta en el instituto en el “primer” día de clases.
Pasaron dos semanas para encontrar a Lucía de vuelta por la escuela, se pasó de largo y no saludó, fui yo quien le llamó, pero la charla fue casi nula, pues su molestia, estado natural, lo impidió. Su saludo fue muy esquivo y parecía que no tenía ganas de conversar, así que le dejé en paz.
Días después tuve que salir a recoger al aeropuerto a unos colegas que venían de Buenos Aires, así que aproveché para darles un tour express. Fue inevitable visitar el centro de la ciudad, y allí miré un libro que me había dado mi profesor, y amigo, Manuel, a leer, se llamaba “Colección de Fábulas” escrito por Hernando de Benavente, lo compré con la intención de dárselo a Lucía e indicarle que leyera “El gato y la Mariposa”, pues tal vez podría ayudarle a re-pensarse en-el-mundo y con-el-mundo.
Varios intentos realicé para hablar con ella, siempre le veía caminando de forma rápida, con la cabeza siempre mirando hacia el suelo, y abriéndose paso entre la multitud a base de empujones y mamporros. Una vez corrí el riesgo de caminar junto a ella con la intención de saber de ella:
--Hola Lucia, ¿cómo estás?
--¡Estoy!
--¿Y cómo te sientes?
--Me siento.
--¿Por qué eres así? ¿Acaso te he hecho algo?
--No
--¿Te pasa algo? ¿Hay algo que pueda hacer por vos?
--No hay nada que el tiempo no pueda solucionar
--¿Por qué eres así?—Insistí
--Es un mecanismo de defensa para que no me dañen
--¿Y no te dañas al alejarte de la gente? Si sirve de algo, te doy mi palabra que no pretendo algo malo contigo. Comprendo que en tu vida te han dañado y de alguna forma me identifico contigo… trato de entenderte pero no sé porqué alejas a la gente que cree en ti y que intenta alegrar un poco tu día. ¿Y tus amigos?
--No tengo, no hay amigos… y mucho menos tengo novios.
--La gente sólo quiere conocerte
--Ni siquiera mis padres me conocen, sólo mi hermana y eso me basta.
Seguía caminando al lado de ella, ya no quise decirle más, pues noté su molestia… era una lástima que una gran alumna llegara a cerrarse de una forma tan hermética y cometiera un sin fin de contradicciones en conversaciones posteriores que no tiene caso mencionar, pues la memoria de este viejo ya es mala.
Esperé al “final” de ese periodo y recuerdo que le busqué, y al verla le dije:
--¿Me regalas un minuto?
--No.
--Sólo es un minuto, tengo algo para ti
--Está bien.
--Te quiero dar este libro. –Expresé mientras lo sacaba de mi viejo portafolio. --Sé que te gustará. Y aprovecho para decirte que ya no te molestaré más. Carpe Diem Lucía… menudo uso de la razón que hace, pensé.
Ella me miró a los ojos con extrañeza, mientras yo le daba una palmada en su hombro izquierdo, y después me retiré. No hubo un agradecimiento, así como tampoco resentimiento por ello.
Pasaron los años y traté a centenares de alumnos cuyas brechas generacionales eran muy diversas y complejas que me llevaron a replantear mis estrategias docentes muchas veces, y me encontré con muchas personas como Lucía. Al principio puse el mismo empeño que a ella, pero caí en la cuenta con los años que en mi inexperiencia docente pretendía luchar contra algo que no podía, contra la indiferencia, contra el hedonismo, contra el orgullo… contra el vacío. Mi lucha fue en vano, así que dejé de hacerlo.
Tuve efímeras amistades que buscaban ayuda, pero que no ofrecían nada. No pude seguir con el ejemplo de mis fallecidos amigos-docentes, con los que compartí varias charlas encarnizadas, las viandas, el vino y la vida. Sólo restábamos Erick y yo, los últimos bastiones de aquel instituto en decadencia… envejecidos, sin fuerzas y sin ánimos de luchar en contra de la vorágine.
Después de nuestra salida del instituto, Erick y yo nos reuníamos en una vieja cafetería todos los sábados, desde el alba hasta el ocaso, a disputarnos la supremacía lúdica que conlleva el ajedrez, el billar y el dominó, recordando los viejos tiempos con Manuel, Víctor, Luis, y Jaime hablando de teorías, del mundo, de la sociedad… y esperando a mi amigo, una mujer se acercó preguntándome si era quien era.
--Ya no sé si soy yo, pero depende de quien le busqué
--Soy Lucía, y tengo para usted.
--No sé si quiera recibirlo. —Dije con tono indiferente.
--¿Por qué me vigilas con esa mirada inquisitiva?
Es que tu vuelo me hipnotiza
Aléjate de mí, pues temo que dañes mi belleza y mi integridad.
No puedo, porque a mis pupilas no escapa tu colorido, no podré ignorarte
Déjame sola.
No te quiero dañar, al contrario, quisiera seguirte en tu vuelo vacilante.
¿Qué es lo que buscas?
A ti te busco, eres el ser más bello que he visto.
Eso ya lo sé.
Y si lo sabes ¿por qué escondes tu belleza?
Porque es sólo mía y de nadie más.
Vaya que vuelas alto, ¿cómo te muestro que no te dañaré?
Yéndote de aquí.
Si esa es la forma, así lo haré.
Y el gato se retiró, la mariposa voló, pero una vez, siendo acechada por un niño mientras ella pululaba en un páramo jardín público; pidió auxilio. Y el gato al escucharla corrió a ayudarle. Le tomó por el hocico mientras el infante se disponía a pisarla. Un maullido estrepitoso hizo que la mariposa volara otra vez hacia su libertad, y el gato corrió lo más que pudo en dirección contraria. La mariposa lo encontró sollozando en un callejón y le dijo:
¿Estás bien? ¿Por qué corriste a defenderme?
Estoy bien, pero me duele mi cola… y lo hice porque eres el ser más bello que he visto y no merecías morir así. El que no te comprendan no implica que te quieran dañar.
Tiempo después, se le veía al gato en la copa de un sauce, siempre junto a la mariposa.
Y dime amiga ¿cómo es el mundo visto cuando aleteas coquetamente en el viento?
No hay mucha diferencia entre lo que yo veo y lo que tu vez, amigo
Hernando de Benavente. –Concluyó Lucía mientras esbozaba una sonrisa.
Me sorprendió que recitara de memoria la última parte de la fábula de Benavente, pero que podía esperar de una persona cuyas capacidades de memorizar guiones teatrales era magistral.
--Gracias. –Le dije.
--No, gracias a usted, maestro. Tal vez en aquellos años me cerré muchas posibilidades, pero su libro me ayudó a confiar en mí misma y comprendí tardíamente lo que me decía.
--Un viejo sociólogo decía que la piedra angular de la civilización era la afectividad, si te sientes querido, y si te quieres a ti mismo, tu desempeño en todo lo que hagas será óptimo.
--Siempre con sus citas, ya debo irme, espero que me disculpe por los errores del pasado
--¿Debo perdonarte por ser tú?
--¿Lo veré de nuevo?
--Sí. —Respondí con melancolía, sabiendo que le mentía
--Hasta luego, profesor.
--Hasta siempre, Lucía.
Y se retiró, pero quien nunca llegó a la cita fue mi amigo Erick.
Ella manifiesta una gran brillantez al interior de mi aula, y noto cómo sus formas de responder a mis interrogantes son esquivas, casi como no queriendo hacerlo, pero conciente del silencio que invade el aula cuando pregunto el porqué de las cosas. Parece taciturna, no ríe ni sonríe, no se junta con nadie… me recuerda a mis tiempos de estudiante y no pude evitar el remembrar mis actitudes, pero qué más da mi vida, cuando lo único que me importaba era equilibrar, de alguna forma, sus expectativas cognoscitivas y afectivas, pues el saber por la soberbia conduce a la soledad. ¿Tiene sentido la trascendencia histórica en la humanidad post mortem a cambio de una vida llena de reprimendas y evitarse las maravillosas virtudes que trae consigo el conocer las experiencias de quienes nos rodean?
Mi ética como docente me impedía meterme mucho en la vida de Lucía. A pesar de ello le di muchas referencias bibliográficas que le permitirían auto ayudarse como persona; intenté relacionarla con el grupo mediante la elaboración de trabajos en equipo. Estratégicamente le mandé con dos alumnos cuyo desempeño, (e indiferencia) eran elevados, me interesaba saber cómo haría una exposición sobre el modelo artístico de la paranoia crítica con ellos.
Fue una sorpresa el resultado, pues hizo una escenificación de una persona esquizofrénica que actuaba en el teatro, pero cuya obsesión logró que sus relaciones se fraguaran como una obra, al grado que su vida era eso: una obra de teatro y el resto del mundo la hacía de veces como el antagónico y otras como lo secundario. Fue una obra bastante interesante.
Al evaluar el desempeño pregunté la forma en que se había formulado esta exhibición, a lo que respondió que todo había sido obra suya, y que el resto se encargó de memorizar el libreto. No pregunté más y las exposiciones siguieron.
El año escolar había terminado y fue momento de entregar las evaluaciones. El protocolo que siempre he usado es el de enfrentar al alumno cara a cara y que justifique su evaluación de una forma ética y conciente de sus actos a lo largo del curso, pasaron todos ante mi, pero en el momento en el que le tocaba a Lucia, no entró, fue hasta el final cuando hizo acto de presencia.
--Perdone, profesor, pero comencé a ver manchas negras y fui al servicio médico. —dijo con un tono preocupado.
--No hay problema, ¿pero a qué se debe tu somatización? –Respondí.
--Tengo un poco de miedo por mi evaluación.
--¿Y por qué?
--Siento que no hice un buen curso con usted.
--¿Tan perfeccionista eres?
--Sí.
--¿Y a qué se debe esa búsqueda de la perfección en tu vida?
--Por qué tengo qué hacerlo, me presionan mucho en casa
--No hay porqué preocuparse, Lucía, tienes el puntaje más alto, si a eso te refieres. ¿Qué te lleva a esa frivolidad de tus respuestas?
--¿Qué esperaba cuando uno ha sido por quince años el patito feo?
--¿Qué te presiona?
--Mi padre… un eminente cardiólogo que luchó en contra de que estuviera aquí, frustrado de que sea su segunda hija y no haya seguido sus pasos.
Dicho esto, noté cómo bajó su rostro y miré como una lágrima jugueteaba en sus ojos protegidos por unos lentes de mica gruesa. No quise seguir preguntando pues comprendo las dificultades que estaba viviendo en ese momento.
--Puedes retirarte.
--Gracias.
Las vacaciones llegaron y con ellas el duro invierno se manifestaba con una furia colosal sobre la ciudad cubierta de nieve. Tapiado en mi casa no podía quitarme de la cabeza a Lucía, pues quería saber cómo se encontraba en estas fechas que tienden a ser duras para una persona cuyas relaciones familiares y sociales no son buenas, pero no pude rastrearla, tendría que esperar hasta el reinicio de las clases.
Veinticuatro de diciembre llegó, y había invitado a mi compañero de armas en el colegio, y colega docente del mismo instituto, Erick, a pasar el momento previo a nuestras respectivas hipocresías familiares. No pude evitar el contarle la experiencia con Lucia, y al final de mi relato me preguntó:
--¿Y por qué te preocupas por ella y no por el resto de tus antiguos ex alumnos?
-- Porque nadie manifestó tener conflictos en su núcleo familiar, salvo ella, además de que poco les importaba la vida… son felices con sus vidas así como están… ¿Tú no tuviste alguna simpatía por algún alumno en el estricto sentido cultural y saber las potencialidades ocultas que tienen? ¿Recuerdas que a más de un profesor llamamos “amigo” y que siempre nos apoyaba en todos los sentidos al grado de que, a pesar del pasar de los años, seguimos llamándoles “amigo”?
--¿Pretendes su amistad?
--Esas cosas se dan, pero me preocupa más que su creatividad se vaya al vacío, pues su relación con el mundo no es buena y eso le puede impedir muchas cosas que pueden generar frustraciones… además la vida es demasiado pesada como para vivirla angustiado. Comprendo que no me puedo meter en su vida, pero tal vez el mundo le niegue posibilidades por su soberbia, mi misión sería comprender un poco su mundo y hacerle entrar en razón, de que la indiferencia, el orgullo y su soberbia erudita no le llevarán a nada bueno. ¿Recuerdas cómo era yo y cómo intervino el profesor Manuel cuando...?
--Sí, entiendo perfectamente.
La reunión terminó, y con un asombroso y estoico esfuerzo, me presenté en casa de los familiares a los que nunca veo. Gente ignota y hologramática a la cual no entiendo. Sin más pormenores, estaba ya de vuelta en el instituto en el “primer” día de clases.
Pasaron dos semanas para encontrar a Lucía de vuelta por la escuela, se pasó de largo y no saludó, fui yo quien le llamó, pero la charla fue casi nula, pues su molestia, estado natural, lo impidió. Su saludo fue muy esquivo y parecía que no tenía ganas de conversar, así que le dejé en paz.
Días después tuve que salir a recoger al aeropuerto a unos colegas que venían de Buenos Aires, así que aproveché para darles un tour express. Fue inevitable visitar el centro de la ciudad, y allí miré un libro que me había dado mi profesor, y amigo, Manuel, a leer, se llamaba “Colección de Fábulas” escrito por Hernando de Benavente, lo compré con la intención de dárselo a Lucía e indicarle que leyera “El gato y la Mariposa”, pues tal vez podría ayudarle a re-pensarse en-el-mundo y con-el-mundo.
Varios intentos realicé para hablar con ella, siempre le veía caminando de forma rápida, con la cabeza siempre mirando hacia el suelo, y abriéndose paso entre la multitud a base de empujones y mamporros. Una vez corrí el riesgo de caminar junto a ella con la intención de saber de ella:
--Hola Lucia, ¿cómo estás?
--¡Estoy!
--¿Y cómo te sientes?
--Me siento.
--¿Por qué eres así? ¿Acaso te he hecho algo?
--No
--¿Te pasa algo? ¿Hay algo que pueda hacer por vos?
--No hay nada que el tiempo no pueda solucionar
--¿Por qué eres así?—Insistí
--Es un mecanismo de defensa para que no me dañen
--¿Y no te dañas al alejarte de la gente? Si sirve de algo, te doy mi palabra que no pretendo algo malo contigo. Comprendo que en tu vida te han dañado y de alguna forma me identifico contigo… trato de entenderte pero no sé porqué alejas a la gente que cree en ti y que intenta alegrar un poco tu día. ¿Y tus amigos?
--No tengo, no hay amigos… y mucho menos tengo novios.
--La gente sólo quiere conocerte
--Ni siquiera mis padres me conocen, sólo mi hermana y eso me basta.
Seguía caminando al lado de ella, ya no quise decirle más, pues noté su molestia… era una lástima que una gran alumna llegara a cerrarse de una forma tan hermética y cometiera un sin fin de contradicciones en conversaciones posteriores que no tiene caso mencionar, pues la memoria de este viejo ya es mala.
Esperé al “final” de ese periodo y recuerdo que le busqué, y al verla le dije:
--¿Me regalas un minuto?
--No.
--Sólo es un minuto, tengo algo para ti
--Está bien.
--Te quiero dar este libro. –Expresé mientras lo sacaba de mi viejo portafolio. --Sé que te gustará. Y aprovecho para decirte que ya no te molestaré más. Carpe Diem Lucía… menudo uso de la razón que hace, pensé.
Ella me miró a los ojos con extrañeza, mientras yo le daba una palmada en su hombro izquierdo, y después me retiré. No hubo un agradecimiento, así como tampoco resentimiento por ello.
Pasaron los años y traté a centenares de alumnos cuyas brechas generacionales eran muy diversas y complejas que me llevaron a replantear mis estrategias docentes muchas veces, y me encontré con muchas personas como Lucía. Al principio puse el mismo empeño que a ella, pero caí en la cuenta con los años que en mi inexperiencia docente pretendía luchar contra algo que no podía, contra la indiferencia, contra el hedonismo, contra el orgullo… contra el vacío. Mi lucha fue en vano, así que dejé de hacerlo.
Tuve efímeras amistades que buscaban ayuda, pero que no ofrecían nada. No pude seguir con el ejemplo de mis fallecidos amigos-docentes, con los que compartí varias charlas encarnizadas, las viandas, el vino y la vida. Sólo restábamos Erick y yo, los últimos bastiones de aquel instituto en decadencia… envejecidos, sin fuerzas y sin ánimos de luchar en contra de la vorágine.
Después de nuestra salida del instituto, Erick y yo nos reuníamos en una vieja cafetería todos los sábados, desde el alba hasta el ocaso, a disputarnos la supremacía lúdica que conlleva el ajedrez, el billar y el dominó, recordando los viejos tiempos con Manuel, Víctor, Luis, y Jaime hablando de teorías, del mundo, de la sociedad… y esperando a mi amigo, una mujer se acercó preguntándome si era quien era.
--Ya no sé si soy yo, pero depende de quien le busqué
--Soy Lucía, y tengo para usted.
--No sé si quiera recibirlo. —Dije con tono indiferente.
--¿Por qué me vigilas con esa mirada inquisitiva?
Es que tu vuelo me hipnotiza
Aléjate de mí, pues temo que dañes mi belleza y mi integridad.
No puedo, porque a mis pupilas no escapa tu colorido, no podré ignorarte
Déjame sola.
No te quiero dañar, al contrario, quisiera seguirte en tu vuelo vacilante.
¿Qué es lo que buscas?
A ti te busco, eres el ser más bello que he visto.
Eso ya lo sé.
Y si lo sabes ¿por qué escondes tu belleza?
Porque es sólo mía y de nadie más.
Vaya que vuelas alto, ¿cómo te muestro que no te dañaré?
Yéndote de aquí.
Si esa es la forma, así lo haré.
Y el gato se retiró, la mariposa voló, pero una vez, siendo acechada por un niño mientras ella pululaba en un páramo jardín público; pidió auxilio. Y el gato al escucharla corrió a ayudarle. Le tomó por el hocico mientras el infante se disponía a pisarla. Un maullido estrepitoso hizo que la mariposa volara otra vez hacia su libertad, y el gato corrió lo más que pudo en dirección contraria. La mariposa lo encontró sollozando en un callejón y le dijo:
¿Estás bien? ¿Por qué corriste a defenderme?
Estoy bien, pero me duele mi cola… y lo hice porque eres el ser más bello que he visto y no merecías morir así. El que no te comprendan no implica que te quieran dañar.
Tiempo después, se le veía al gato en la copa de un sauce, siempre junto a la mariposa.
Y dime amiga ¿cómo es el mundo visto cuando aleteas coquetamente en el viento?
No hay mucha diferencia entre lo que yo veo y lo que tu vez, amigo
Hernando de Benavente. –Concluyó Lucía mientras esbozaba una sonrisa.
Me sorprendió que recitara de memoria la última parte de la fábula de Benavente, pero que podía esperar de una persona cuyas capacidades de memorizar guiones teatrales era magistral.
--Gracias. –Le dije.
--No, gracias a usted, maestro. Tal vez en aquellos años me cerré muchas posibilidades, pero su libro me ayudó a confiar en mí misma y comprendí tardíamente lo que me decía.
--Un viejo sociólogo decía que la piedra angular de la civilización era la afectividad, si te sientes querido, y si te quieres a ti mismo, tu desempeño en todo lo que hagas será óptimo.
--Siempre con sus citas, ya debo irme, espero que me disculpe por los errores del pasado
--¿Debo perdonarte por ser tú?
--¿Lo veré de nuevo?
--Sí. —Respondí con melancolía, sabiendo que le mentía
--Hasta luego, profesor.
--Hasta siempre, Lucía.
Y se retiró, pero quien nunca llegó a la cita fue mi amigo Erick.
Recuerdo que a mi paso lo contrario , yo estaba enamorada de un profesor y nunca faltaba a sus clases, siempre tratando de llamar la atencion , y asi paso el tiempo.... pero como el mundo es un pequeno panuelo, despues de muchos anios lo volvi a encontrar , en un pueblo alejado donde solo habia una cafeteria , ahi estaba el , pero los anios no pasaban en vano y su cabello ya platinado por los anios , y el paso del tiempo , fueron las causante que yo no lo reconociera. Despues de estar un momento con mis amigos alla, se acerco y me dijo mi nombre y apellido , entonces yo me levante, un poco sorprendida , me acerque y vi esos lindos ojos color miel, que jamas habia olvidado, hablamos y lo que dio gusto que el tambien estaba secretamente enamorado de mi, pero su condicion de cura que era entonces , no le permitia decirme nada , jajajaja fue algo gratificante para mi... solo nos despedimos con un beso ( que yo le di) , y parti sin darme la vuelta .... ahhhh no te cuento mas
ResponderEliminarjajajaja (sweet)