
No ha mucho tiempo que inicié el aprendizaje de tan compleja actividad lúdica, sin embargo, la primer persona con quien lo jugué era aquella dama morena cerca del coloso de mármol. Lo recuerdo bien, era un tablero de madera, barnizada, con cierto olor a pino. Ella decidió jugar con las piezas negras, y sin duda alguna las movilizó al grado de herir de muerte al rey blanco que estaba al frente de la reina morena. El rey sucumbió ante sus encantos, con esa mirada y esa voz, veneno de lujuria. ¡Esa piel! Alfombra de lujuria…
De la muerte de aquél, vino la resurrección, seis años después de haber sido enterrado bajo aquella suntuosa lápida que el olvido da a quien absorbe en sus entrañas de color sangre y arena. De nuevo veía las falaces sonrisas de los contemporáneos; los gritos suicidas por vida incrédula que exigían la galante entrada de la indiferencia y mezquindad que procede del narcótico visual de las apariencias. Miradas blancas oscurecidas por la brillantez nítida de la personalidad, royendo el morbo en los cuerpos decapitados de dioses, ninfas y deseos.
El levante del rey fue la apoteosis a la incredulidad de la sinrazón. ¿Por qué no descansé eternamente en los placeres líricos? ¿Por qué la vida debe de continuar? Esas fueron mis primeras palabras al ver el torbellino catastrófico de la inmundicia mundana de la inhumanidad humana, de la razón, de la praxis, de la existencia privatizada por capitales líquidos.
Me aterró ver la escena descrita por Quevedo, sin embargo, me dirigí a tomar venganza de mi muerte; sin embargo, aquella lejana reina se aseguró con mi olvidó, pues jamás le volví a ver, a menos que no fuese en el vértigo causado por el rayo de lucidez que me quemaba con aquella falsa sonrisa, aquella mirada, aquel olor a quenopodio.
Entre los objetos acompañantes para mi vida futura, alguien dejó un tablero de ajedréz, era de mármol y amatista. La base de las piezas era de lapislázuli. Su extensión no era muy grande, oscilaba entre el codo, y su peso no pasaba de una arroba. Era brillante como el material del que estaba hecho Rueda, y al mirar el tablero con las piezas, miré mi rostro multiplicado por treinta y siete veces. Treinta y siete escupitajos de realidad recién desenvuelta, treinta y siete sustos y suspiros.
Me levanté y me vestí con el traje de la incertidumbre, de la apatía que llevo en mi silencio al negarme rotundamente a vomitar conocimiento, a arengar con el culto, y así me dispuse, con este disfraz, a mezclarme con el mundo.
Tras jugar mi papel en este funesto escenario, que no era el que debía ser según la prognosis de la década de los ochenta, encontré un compañero de juego, un rival quizá, que irrumpiría en la tranquilidad de mezquita cercana a la costa, para iniciar una cruzada, sólo que se trataba de una batalla entre blancos. ¡Adiós al apartheid!
Sus encantadores movimientos de ser petrificado me sedujeron, y por poco caí en la trampa, por eso es que moví mis peones para cubrir mi vanguardia. Ella no tardó en mover a su caballería de insultos y descortesías, pero la torre de mi quietud neutralizó los embates de toro. Prosiguió su ofensiva moviendo con sus cantos de estrella de pop a los prelados, y así venció a la caballería de mis caballerosos actos.
De la muerte de aquél, vino la resurrección, seis años después de haber sido enterrado bajo aquella suntuosa lápida que el olvido da a quien absorbe en sus entrañas de color sangre y arena. De nuevo veía las falaces sonrisas de los contemporáneos; los gritos suicidas por vida incrédula que exigían la galante entrada de la indiferencia y mezquindad que procede del narcótico visual de las apariencias. Miradas blancas oscurecidas por la brillantez nítida de la personalidad, royendo el morbo en los cuerpos decapitados de dioses, ninfas y deseos.
El levante del rey fue la apoteosis a la incredulidad de la sinrazón. ¿Por qué no descansé eternamente en los placeres líricos? ¿Por qué la vida debe de continuar? Esas fueron mis primeras palabras al ver el torbellino catastrófico de la inmundicia mundana de la inhumanidad humana, de la razón, de la praxis, de la existencia privatizada por capitales líquidos.
Me aterró ver la escena descrita por Quevedo, sin embargo, me dirigí a tomar venganza de mi muerte; sin embargo, aquella lejana reina se aseguró con mi olvidó, pues jamás le volví a ver, a menos que no fuese en el vértigo causado por el rayo de lucidez que me quemaba con aquella falsa sonrisa, aquella mirada, aquel olor a quenopodio.
Entre los objetos acompañantes para mi vida futura, alguien dejó un tablero de ajedréz, era de mármol y amatista. La base de las piezas era de lapislázuli. Su extensión no era muy grande, oscilaba entre el codo, y su peso no pasaba de una arroba. Era brillante como el material del que estaba hecho Rueda, y al mirar el tablero con las piezas, miré mi rostro multiplicado por treinta y siete veces. Treinta y siete escupitajos de realidad recién desenvuelta, treinta y siete sustos y suspiros.
Me levanté y me vestí con el traje de la incertidumbre, de la apatía que llevo en mi silencio al negarme rotundamente a vomitar conocimiento, a arengar con el culto, y así me dispuse, con este disfraz, a mezclarme con el mundo.
Tras jugar mi papel en este funesto escenario, que no era el que debía ser según la prognosis de la década de los ochenta, encontré un compañero de juego, un rival quizá, que irrumpiría en la tranquilidad de mezquita cercana a la costa, para iniciar una cruzada, sólo que se trataba de una batalla entre blancos. ¡Adiós al apartheid!
Sus encantadores movimientos de ser petrificado me sedujeron, y por poco caí en la trampa, por eso es que moví mis peones para cubrir mi vanguardia. Ella no tardó en mover a su caballería de insultos y descortesías, pero la torre de mi quietud neutralizó los embates de toro. Prosiguió su ofensiva moviendo con sus cantos de estrella de pop a los prelados, y así venció a la caballería de mis caballerosos actos.
Le dejé que destrozara mis peones uno a uno, sin embargo, mis alfiles alférez de la mente humana le hicieron una grave herida. Toma tus piezas y comienza, le recité en poemas, versos y rosas, sin embargo, su orgullo fue tal que decidió seguir así. Me recuperé un poco, gracias a la torre de la irracionalidad babélica que logró, creo yo, confundir su defensa, pero admito que nunca estuvo a merced de mis ataques, y yo en más de una ocasión pude caer, pero tal vez su inexperiencia, o su compasión, le hicieron dimitir el jaque mate de sus labios de ágata.
Al final, quedaron la torre de su orgullo, un alfil que caminaba tan indiferente como ella, ambos encerrados en soberbia, su reina, y el rey, contra mis torres de paz, mi reina, y mi rey. Estaba a punto de claudicar cuando vi la oportunidad de noquear a su alfil, su reina asesinó, a sangre fría, una de mis torres. El rey se guareció en la torre restante, después de eso mi reina mató a su torre y viceversa… los reyes quedaban a merced de sí mismos, y por voluntad real, fue menester de su excelencia moverse vacilante en el tablero, ambos jugamos, y de pronto la habitación oscura se llenó de bruma, y en el ajedréz éramos sólo los dos, ella contra mí y yo con ella. Mi voluntad era correr a abrazarle, en señal de gratitud por tan buena partida, desobedeciendo así las leyes del juego, pero sé que poseía algo que podría dar de nuevo muerte a mi ser, por eso no corrí.
Me levanté, y decidí dejarle mi tablero. Ella me sedujo con sus cortas palabras para seguir jugando, pero al verme en el tablero me di cuenta que el jugador era un juguete; eso me llenó de pánico escénico, y decidí retirarme con el empate. Insistió, me inquirió, me llamó cobarde, y seguí moviendo mi rey sabiendo que ya no podríamos causarnos más alegrías y daños. Se convirtió en una rutina, y al final me cansé de jugar.
No han pasado las eras en vano, pero aún así aprendí que en el empate, con sabor a derrota, fue posible aprender más, e incorporar así algo más al pesado y tortuoso cúmulo de experiencias. Las eras me han ayudado a olvidar el gélido beso del monstruo perverso de piedra, su voz, y su diminuto ser que paseaba a su rey sólo para divertirse...
Y en el futuro que hoy es presente, y que al evocarlo en palabras es pasado, encontré lo que tan ansiadamente busqué en la humanidad, ese pequeño hueco que tapia mi vida de los malestares de los seres de piedra, el rey no está muerto, ni en su mirada se posa el Apocalipsis. No reinará para conquistar por medio de la violencia.
El ser de piedra se quedará petrificado para la eternidad, idolatrando a seres que existen, pero que no son más que una mera apariencia pasajera, pero piedra y rey estarán como prisioneros del tiempo que va, como pasajeros de la eternidad; la quintaesencia de la indiferencia.
Me gusta el ajedrez y lo tome como parte de la lucha cotidiana del vivir , una buena forma de hacerme sentir que cada dia estoy luchando , pensando la manera de hacer nuevas estrategias para seguir adelante ( sweet)
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